Hasta Mi Final

Postrado en la silla de un juzgado
una vez más condenado
por haber creado un capricho endemoniado
de egos y compañías falsas
que se acaban cuando se sepa
que se escucha y no se habla
porque se sigue siendo sombra
entre tantas patrañas
la lucha es eterna cuando no se tiene agallas
y se paga con sangre el engaño que se hace
a lo interno de la propia alma.
 
Construyo una figura
una silueta ilusa de mi burda necesidad
que antojadiza ordena tal cual cena
ingredientes crudos y un puñal
para clavar la carne y hundirse a sabiendas
de la vida que habita aquel lugar
el cuerpo desnudo de un charlatán
sentimientos en jugo de un huracán
que valen mierda si se quiere jugar.
 
Y en esta silla donde hoy me juzgan
culpable me he de declarar
si esta cabeza sucia me anuncia
la película cruel que creí olvidar
pero que aún corre por los tóxicos conductos
de una intención bipolar
que con euforia libera deseos abruptos
que no miden su impacto a la hora de golpear
pero que mueren de tristeza sin mucho augurio
con el mismo miedo que se le tiene al mar.
 
Porque un cuarto verso aclara
la vicisitud del funeral
que con muchos muertos se carga
si con fuego he de jugar
asesino o testigo
la daga su daño ha de causar
adrede, sin disimulo, no me creas nada, huyo
hasta mi final.
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“Silence” by Laura Makabresku. 

Adia

Una vez me senté y reí.
Me senté y le miré a los ojos,
vi franqueza y temí.
Temí por las cosas que vi en ella,
cosas que en su momento no comprendí.

Me até los zapatos dispuesto a correr,
pero decidí quedarme y no me fui.
Amparé su rostro en mis tejares,
quise que sus manos me recorrieran todo.
Le susurré al oído un par de verdades,
para que al final del día viera en mi las manos limpias
recién lavadas de toda culpa
aún cuando la sangre salpicada
adornara mi torso;
habían aún pedazos de otras almas
colgando en mis vellos
residuos de socorros
a los que nadie había acudido.
Me miré en el espejo, me senté y clamé.

¡Me emputa la vida y me emputo yo mismo!
A veces quisiera entrar en sus parámetros
y no ser distinto.
Qué fácil sería vivir sin instintos
seguir el camino de rosas
sin espinas ni aromas
soplarle al viento por donde ir.
Sé qué te gusta y sé que me observas,
sé que te irritas con mis respuestas.
Arráncame de un solo la ropa,
haz del deseo, mi derrota.

"Culpa y perdón" por Dídac Muciño, México 2011.

“Culpa y perdón” por Dídac Muciño, México 2011.

Tardes de Verano en Bartolomé

Once años, once años… y en un mes será la boda. Ella estaba tan emocionada, tenía todo listo, todo preparado. Fue tan fácil descubrir cuanto deseaba la propuesta, que cuando se lo pregunté, ni siquiera espero a que terminará. Me bombardeó con un sí eufórico. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, ni siquiera aquel día, hace un año cuando vi morir a mi tía Matilde en el más horroroso de los quejidos. Sin embargo, no era el miedo estándar, no era ese miedo que se confiere al compromiso casi por el simple hecho de tener dos bolas. No. Era un miedo a herir, a hacer daño, a hacerle daño a ella. Estos años a su lado, coseché un cariño protector, una necesidad ferviente de complacerla, de verla feliz, tanto así, que llegué a sacrificar mis otros rostros y aceptar ser quien debía ser; por otros, pero jamás por mí.

Estos días de verano, aprovecho para llegar temprano a la oficina y poder así salir antes, faltando un cuarto para las tres, perderme, distraerme, no pensar en ella ni en la boda. Decido aguardar el tren de cinco aún cuando sea el que va más lleno, a veces incluso creo que disfruto de las pláticas ajenas, los conflictos que la gente insiste en hacer públicos o las bromas infantiles de los colegiales de San Miguel. Eso sí, me quedo cerca de la estación, merodeando el parque de la avenida Francia donde se concentran los jóvenes artistas a tocar música, a practicar sus obras o a buscar en las palomas sucias y torpes, algo de inspiración o disimulo para fumar su hierba. Otras veces gasto la tarde atravesando el bulevar y ver como los vendedores ambulantes alistan sus maletas en cuestión de segundos, antes del anuncio de que se aproxima la policía municipal. Muchos lo ven como el acto de comedia gratuito del momento, yo me quedo pensando en lo paradójico que se torna la vida, al final de cuentas, siempre andamos huyéndole a algo.

Hoy decidí alejarme un poco más, claro sin alejarme del distrito de Bartolomé para no perder el tren. Caminé un poco hacia los barrios adinerados donde las residencias se lucen por sí solas. Edificios pequeños, pero con cierta majestuosidad en sus fachadas, casas antiguas que fueron restauradas para albergar en ellas la alcurnia y sus apariencias. Por ejemplo, conozco de cerca la familia de la casa 23, solían ser amigos de tragos de mis padres en sus años de universidad y puedo asegurar que tienen todo lo material menos la postura social que presumían. Su hija de catorce años me había ofrecido sexo oral en una ocasión, en su propia casa frente a su hermano menor, según ella era una práctica común entre ella y sus primos. Su padre había sido dirigente estudiantil y se autoproclamaba comunista; ahora trabaja como abogado en la transnacional que le financia su estilo de vida y lleva prostitutas a su despacho todos los jueves.

Aquella era una calle amplia y extensa, pero sin salida. Al final, por donde ya no quedaban casas, estaba la grieta con la figura de la virgen del Carmen donde llegaban a rezar los feligreses cada domingo a las seis. A pesar de mi renuencia religiosa, me gustaba ese lugar. Era fresco por la cantidad de vegetación y la estructura rocosa del lugar guardaba un frío agradable y peculiar. De vez en cuando se podían ver ardillas jugando con la corona de la imagen, de hecho era la quinta vez en el mes que le robaban el vestido, dejando atónitos a los visitantes por semejante herejía y vulgaridad. Uno de los fieles mayores en edad se había puesto como propósito divino acabar con los roedores en el ‘nombre de Dios’, pero en una de sus rabietas sufrió un paro cardiaco. Sobrevivió, pero según dicen las malas lenguas después de eso se volvió ateo.

Lo que más me gustaba de aquel lugar era la soledad con la que se teñía aquellas tardes, el trajín del final del día aunado al advenimiento de la temporada navideña, mantenían a las personas en otra cosa y nadie se acordaba de Dios. Hoy en particular, me dirigí a la grieta para convencerme, exhortarme y obligarme a dejar de lado mis dudas, los miedos y las ganas de ser otro. Mi madre me enseñó que todos llegamos a este mundo con un propósito y muchas veces ese fin implica ceder nuestros propios caprichos, de lo contrario la muerte llegaría como trago amargo y se rondaría por el mundo en una angustia eterna. ¡Oh mi señora madre y sus cosas! Lo curioso es que mi escepticismo nunca se pudo deshacer de ellas.

En ese momento me percaté de la hora, faltaban ya quince para las cinco y el tren ya debía haber llegado a la estación. Sujeté mi bolso fuerte para que no se moviera mientras corría y salí cuesta a bajo casi a tropezones; cuando llegué al bulevar omití mis modales y esquivé personas sin cuidado, había escuchado ya la bocina que anunciaba la salida. Mi angustia se elevaba súbitamente con cada pisada, si no tomaba el tren de cinco no llegaría a tiempo a la estación de Plutarco donde me esperaba mi prometida: hoy era la oficialización del compromiso.

Corrí desesperadamente. El tren ya había avanzado unos metros hacia su partida, tanto así que lo único que lograba ver ya era el último vagón. Tal fue mi apuro que al acercarme a él me lancé sin siquiera pensarlo, juraría que por algunos centímetros, volé. Pude sujetarme de la baranda y con todo mi impulso me lancé hacia el ínfimo espacio que quedaba en la parte trasera del vagón. Allí me tumbé a recuperar el aliento sin percatarme que a mi lado se encontraba alguien. Una joven de rostro suave y cabello corto, con una vestimenta excéntrica con manchas de pintura y Babbitt en sus manos. Se acercó para preguntarme si me encontraba bien, a lo que le respondí con un “si” difícilmente pronunciado por mi falta de aire. Me puse de pie y sin pensarlo mucho le pregunté su nombre. Emilia me dijo con una voz suave y decidida. –Me dirijo a la estación de Benítez, añadió enseguida, a lo que le respondí: yo también.

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Imagen “Train Smoke” por Edvard Munch, 1900.