La Doña Muerte

[Coro]
 
Y yo bailo con ella, bailo al ritmo de un vals
Coqueteo con sus cejas
La doña muerte y su ritual
Le lanzo besos y no me detiene
Celebra bodas en mi funeral
Sabe muy bien que es lo que quiere
Y a quien al diablo ha de entregar.
 
Las campanas de la iglesia acusan
En un pueblo ajeno donde me fui a pasar
Con las penas descalzas y las consciencia sucia
Tomando vino en el solar
Borracho estaba ya de la angustia
Y me dispuse a celebrar
Que la vida no siempre es justa
Y no por ello me negaré a bailar
 
Y es que se anuncia prominente
Juega de astuta, sabe engañar
Con flores rosa la santa muerte
Barre la escoria, sale a probar.
 
[Coro]
 
Y yo bailo con ella, bailo al ritmo de un vals
Coqueteo con sus cejas
La doña muerte y su ritual
Le lanzo besos y no me detiene
Celebra bodas en mi funeral
Sabe muy bien lo que quiere
Y a quien al diablo ha de entregar.
 
Sabe muy bien a quien he besado
Y que mis labios saben a sal
Lleva un recuento de mis pecados
Mentiras turbias y sexo casual
Sabe que olvido las intenciones
Y que de noche me suelo disfrazar
Sabe que tiento a los temores
Y me revuelco con Eva y Adán.
 
[Coro]
 
Y yo bailo con ella, en una danza tribal
Coqueteo con sus tetas
La doña muerte y su ritual
Llego a besarla y no me detiene
Celebra vidas en mi funeral
Sabe muy bien a quien no quiere
Pero a este diablo se ha de entregar.
 
Ay ay ay la doña muerte
Traigan las velas que ya es noviembre
Abran las telas de su portal
Ay ay ay la santa suerte
Lanza los dados, todo es azar
Caducan años muy lentamente
La doña muerte ay ay ay nos va a llevar.
catrina-a-la-marilyn

“Catrina a la Marilyn” Autor desconocido. 

Réquiem

Ahí va la voz, corriendo por el pasillo, con los mismos alaridos. Pobre mujer desesperada, pero ¿qué debo yo en su sufrimiento? ¿por qué no me deja dormir? Me acerco a la oscuridad para ver de cerca la luz de luna; al asomarme a la ventana, allí estaba él. Bajo la lluvia, llorando como un niño sin consuelo. Allí estaba pasmado viéndome como quien quiere decir la vida con palabras. Su camisa verde estaba empapada, mientras su suéter gris yacía irreconocible en el barro. Muchas preguntas ahogaron mi cabeza, las voces me dieron una tregua para que pudiese decidir.
 
Lacrimosa
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
 
Huic ergo parce, Deus
Pie Jesu Domine
Dona eis requiem, Amen.
Soy el diablo,
mi demonio.
Soy causante
de mi agobio,
soy respuesta
a mis enojos.
Y aunque los ángeles
bajen y me anuncien
con decoro,
yo he arado mi camino,
he decidido mis vestigios.
Y esas casas
que veía cuando era niño,
los jardines,
las estatuas.
La tarde eterna
en vísperas de lluvia.
Su sombra.
La ventana entreabierta
y los libros sin cubierta.
El sillón marrón
y la lámpara vieja.
No hay nadie adentro,
solo este niño que observa.
Solo este niño que anhela
sus misterios
y todo lo que
esa escena encierra.
Canta el réquiem
en mi esquela,
que llore por mí
quien deba.
La muerte no es santa,
ni yo lo soy.
La muerte tienta.
 
Entonces él habló. Abrió su boca seca en medio de aquel torrencial aguacero, para dejar entrar en ella el agua y su verdad. Quise abrazarle por inercia, pero mi cuerpo no respondió a ningún sentimiento. Hizo una pregunta y yo sabía su respuesta. No. Luego de eso, por fin pude morir.
Amén. 
dig

“Ruinas” Autoría propia

*Este escrito es la conclusión a la trilogía de historias cortas “Manicomio” y “Lacrimosa“.

Un nuevo día.

Se despertó algo tarde, eran más de las nueve seguramente. Habían sido días agobiantes, el cansancio físico le machacaba su espalda y sentía como si cargara toneladas. Decidió no ir a trabajar. Se quedó sentado por varios minutos a la orilla de su cama, mirando por la ventana. Aquella mañana de Julio que se suponía debía ser tibia y soleada, pintaba gris. Las ramas de un árbol vecino que se asomaban, se balanceaban sin ganas por el aire, oscureciendo sus verdes, no cantaban. Los pajarillos deambulaban sin rumbo ni sentido, como resignadas hojarascas que se arrastran a donde les diga el viento.

Miró sus manos entonces. Miró la marca que había dejado la soga de la noche anterior. Ya no le quemaba, pero el dolor trascendía lo físico y sensorial. Le dolía lo que no se podía tocar, lo que no se podía siquiera explicar. ¿Estaré volviéndome loco? -pensó. Fue al cajón de las pastillas y sacó un par de analgésicos. En su cabeza había más inquilinos de los que podía albergar, la bulla se había vuelto insoportable y ya no sabía cómo actuar. Perdió el control. Por tercera vez, su cuerpo se atrofió. Sus manos se doblaban retorciendo cada músculo. Sus piernas le temblaban bañadas en orín. Caía al suelo mientras sus pulmones desesperaban por una bocanada de aire. Sus ojos derramaban lágrimas de azufre por no poder salvarse.

Cuarenta y siete minutos pasaron. Se encontró de pronto divagando por las calles. Sus lentes oscuros le ocultaba la tragedia a los mortales. Se sentó en el parque en el que solía antes escribir. Donde desde niño se paseaba e imaginaba historias. El mismo lugar que fue testigo de sus derrotas y de sus triunfos. El tiempo se detuvo. Sutilmente se detuvo y todo lo demás se detuvo con él. Fue entonces que tuvo fuerzas de nuevo para ponerse de pie y sujetarse a sí mismo. Tomar su pluma de incoherencias y clavarla en su sien. Gota por gota, se derramaban los recuerdos que tanto amó. Aquello que le dolía también huía de su entorno, se escapaba a la velocidad de un convicto en fuga. Cayó al suelo, sin saber nada más.

Como cuando escribió A la espera“, se encontró a sí mismo en aquella banca, del mismo parque y con las mismas ansias. Pero ya no había nadie. El desfile de personas y memorias ya no estaba. Ni la niebla, no había nada. Solo una repugnante calma y un silencio ensordecedor. Miró a su alrededor como buscando señales, un motivo, una razón. Yació sentado sin poder movilizarse. Sus piernas se entrecruzaban tal cual nudo y no sucedía nada. De pronto, entre la maleza, sacudióse el arbusto más pequeño, el más obtuso. Salió de él un viento helado, el mismo que le perseguía con y le sacaba de su status quo. Dejó asomar entre sus ramas una silueta particular. Un rostro humano, con la cara cubierta en barbas. Le miraba sin pestañear. Sabía que aquella figura saldría en cualquier momento, a tocar su hombro y desaparecer con el viento, tal cual lo habían hecho todos los demás. Pero antes de que eso sucediera, tiró con todas sus fuerzas para de golpe ponerse de pie.

Sé quien eres. -Le dijo enfadado.

Sé lo que quieres y lo que haces aquí. Sé que vienes a preguntarme cosas, a tocar mi hombro y a huir. Sé lo que pasó hace cinco años, sé que volvió  por ti. Sé de las muertes y los pedazos, sé tanto de ti como lo puedes saber tú de mí. Y eso me hace daño. ¿Sabes que maté a mi hermano? Mientras tú te perdías como duende, yo aprendía a ser humano. Mientras buscabas monedas de oros en bolsillos de extraños, yo comía mi propia mierda. Sabes que me negaste las palabras que yo con respeto albergué. No en vano sembré en tus cabellos la sabia de mi aprecio. Por eso no, ya no. Por eso me marcho con el viento. Por eso decido pararme de nuevo. 

Miraba a la gente revolteándose tal cual palomas. Habían gritos, llantos y sombras. Rodeaban el charco de lo impuro y deplorable, lamentando la vida de alguien que no merecía mencionarle. Mientras tanto él observaba desde la otra esquina, con soberbia y con ira. Se puso su traje y su corbata para ponerse en marcha. Lanzó miradas de desgracia. En sus manos marcó corazas. Se dispuso como un dios, con basta algarabía, a construir un nuevo día.

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Judas Kiss” hyperrealistic painting by Mike Dargas.

Desperado, 1957.

No tengo por qué huirle a los demonios, si sé bien que he sido el propio diablo, refulgente entre sombras, destacando un cuerpo sin rostro y una mano que toma lo que no da.

Me he levantado en llanto, en medio de la noche, haciendo llover en mi propia tumba sublevada y sucia, donde se guarda un cuerpo resiliente, mutando de a poquitos su intromisión al mundo de los ruidos y las voces, del olor a canela en la esquina de Barrio Aranjuez, de callos en las manos de una madre soslayada de su propia vida al servicio de los demás, al mundo que teme a los credos y se enorgullece en los espejos.

Puede que lean esta nota, recluida entre casquillos de bala que no son míos, entre heces en el suelo y grietas en las puertas, resignada a ser portadora de palabras cuyo color no existe, así como tampoco existe ahora la consciencia de lo que nunca fui y jamás seré.

Opaqué la esencia de mis actos, guiado por una astucia absurda que creí tener. El capitán del mundo o el profeta en lenguas; la virtud de los oprimidos sacando cuentas de su alivio, sintiéndome la antítesis de un héroe afligido por sus logros, una historia inconclusa que se inventarían en los diarios. No, tan solo fui mi mal en carne propia, la rosa negra en un jardín de girasoles, un fantasma que sin necesidad de morir ya asustaba por las noches; fui tan solo un cuento para no dormir.

Háblenle, escríbanle a ella, despídanme de él. Que se cuente en las aceras, que yo también amé.

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“A Naked Man” por William Etty.

Sortilegio

Aire fétido,
sumerge los corazones solitarios en océanos grises
para descubrir los secretos carcelarios.
De su identidad, el mutismo
perturba las almas que creían en la esperanza
y las envuelve en su seductora burla.
Caricias anónimas
construyen presentes que atentan con dañar el futuro
y arañan como gatos las entrañas y manubrios.
Sonríen y escapan, desfallecen.
¡Oh dolor! En tu prisión, cautivo, mi libertad perece
¡Mierda! Mis brazos, sus senos, la muerte y el desvelo
la desvisto con mis labios.
Labios que han roto los puntos de sutura, antes despreciados.
Y ahora apuñalan mi vientre
hasta desangrarme por completo.

Fotografía de los autores (de izquierda a derecha), Esteban Mejías, Rodrigo Corrales y Luis Barboza.

Fotografía de los autores (de izquierda a derecha), Esteban Mejías, Rodrigo Corrales y Luis Barboza.

Este escrito, resulta de un cadáver exquisito de autoría compartida con Esteban Mejías y Luis Barboza.

Post-Mortem

Me gusta la casa de noche,
solo,
en silencio,
así, protectora.
La luz de las lámparas de calle
el ruido de los grillos
los autos noctámbulos
mis voces discutiendo,
los sueños despiertos.
Me siento en el sofá,
contemplo
las rutas desoladas
y el correr del viento,
la llovizna solitaria
con su luna arrogante
me mantiene despierto tanta calma,
me hace descansar con los ojos abiertos.
Me encanta la casa de noche
mis padres duermen
descansan sus preocupaciones.
Me encierro en el baño
para ahogar sollozos
pienso en lo bello de mis fantasías
de todo aquello que no es cierto,
pero que sé que todos anhelan.
Es más de media noche
también es lunes
casi no se ve gente de fiesta
ni maleantes, ni siquiera ratones,
todos duermen,
recetan sus cabezas
dosis de almohadas frescas,
cobijan sus metas con la luz que aún no existe,
el sol de un día con extinción definida.
Como me gusta mi casa de noche
el único momento de mi seguridad
en tantos sentidos
y con tan pocos latidos,
me siento en medio de la sala
y aún con frío me quedo dormido
en la tercer velada
desde mi último suicidio.

"The Empty House II" por Christine-Muraton.

“The Empty House II” por Christine-Muraton.

Una Partida Elegida

Estoy harta, harta de que todos quieran decirme cómo debo esperar mi muerte, es algo tan mío y por obra de caridades y lástimas ajenas, se ha vuelto un tipo de interés colectivo. Pero es que ni de niña pudieron decirme qué hacer; ya no hay respeto para una mujer mayor dispuesta a aceptar su destino, a morir con la misma dignidad y autosuficiencia, con la que intentó sobrevivir en ese tramo tan ridículo que se encuentra entre el nacimiento y la muerte.

Llevo planeando esto desde hace dos meses. Sé que este debe ser el cómo, sé que hoy debe ser el cuándo y sé aquí debe ser el dónde. Sé que quiero que en mi lecho se toque en el viejo tornamesa, mi canción favorita para partidas: ‘Dance Me to the End of Love’ de Madeleine Peyroux. ¡Oh sí exquisita! Todo estaba listo.

Antier atendí a la persona que comprará mi casa a los abogados. Una joven artista, llena de vida, con la mirada algo hueca, pero al menos, me da la seguridad de que le inyectará un poco de vida a este barrio.

Así somos en el sur, un montón de ancianillas tercas que nos apoderamos de los barrios que suponemos tranquilos, nada más que para fingir que ya estamos muertas. ¡Aquí nunca pasa nada!. Lo más extraordinario que el destino nos regaló para amenizar el té de las cuatro, fue la vez en que la vecina del 4A se cayó por las escaleras derramando todas sus compras en la acera. Para sorpresa de todas las que nos acercamos a ayudar, en medio de los abarrotes se encontraban notoriamente decoradas, tres cajas de condones. Fue el chisme por casi mes y medio, lastimosamente la vecina jamás volvió del hospital. A nuestras edades esas caídas son fulminantes, no hay parte de nuestro cuerpo que no esté estrenada y por tanto, de alguna u otra forma remendada. Siempre me solía preguntar ¿sería esa una muerte digna? Quizás no fue el acto más triunfal para un final, pero por lo menos se coronó como la reina de las jocosidades, misterio que hasta la fecha, se enterró junto con los secretos de su pelvis.

Ojalá la vida me regalará en estos últimos días, emociones como las que tuve a mis diecinueve. Las escapadas de la facultad para ir a marchar contra la represión del gobierno, las luchas contra el patriarcado que seguían fomentando las élites, las veces en que alcé la voz contra los profesores que no me creían capaz de nada y por supuesto, las revolcadas que me di con quien se llegó a convertir en mi compañero de vida. Si hubiese sabido que la muerte lo seduciría primero a él, lo hubiese colgado de los huevos al muy bastardo. Ningún hombre que me hiciera algún desplante salía bien librado, solo este infeliz que se fue sin siquiera dejarme cachetearlo por apresurado. Como lo extraño.

Por eso y muchas cosas más, es que he decido darle fin a mi vida como yo quiero. No le daré el gusto a esta estúpida enfermedad de verme decaída, demacrada e impotente. Ahora que aún corre suficiente sangre por mis venas, me aprovecharé de ella para que transporten los ingredientes de mi fatídico final, el día, la hora y el lugar que yo decidí y no donde a la perra muerte se le ocurra por el capricho que le confiere su posición de privilegio.

Lo más curioso de todo este asunto, es que quienes se ponen en mi contra, ¡son un montón de extraños!. Inmundas criaturas que creen que pueden opinar por mí, como si fueran ellos los que se van a morir. Nunca tuve hijos, siempre fui de las que pensó en que si no se tiene casta de madre, mejor no parir. Disfruté mi vida y mi útero para muchas otras cosas, menos para lo que mis profesores me exigían que fuera. Incluso mi padre, ¡oh ilusos!, me reí de ellos en su propio rostro.

Mi hermana si llegó a ceder ante la tradición, ella siempre fue mucho más tradicionalista, tal vez por eso me costó tanto quererla. Su hijo Roberto, se convirtió con los años en mi pequeño cómplice de discursos, visitándome más seguido de lo que probablemente mi hermana le permitía. Pero aquí estaba siempre, admirando mi colección de vinilos y ansioso de escuchar de mi, la lectura de las páginas que nos faltaban para terminar Mrs. Dalloway. Un chiquillo hermoso, tímido, pensante, pero contaminado por las ideas de su madre. Paradójicamente, la vida nos dejó solos a los dos, sin parientes ni nada que se le pareciera. Sí, sus padres, mi viejo bastardo y muchas personas más, oriundas de Benítez, fallecieron aquel dieciocho de enero cuando atacaron los militares de Usuro. Roberto y yo estábamos en ese momento en la biblioteca central buscando nuevos números de la revista sociedades. Fuimos resguardados hasta que el alboroto pasó. Salimos del lugar sin heridas físicas claro está, pero bombardeados por dentro y más derrumbados que las casas viejas de aquel lugar. Nunca volvimos a ser los mismos y en vez de que las tragedia nos uniera, nos separó.

Pero él regresó, regresó tan solo para darme su abrazo aprobatorio, me conocía y sabía que mi decisión tenía sentido, él siempre me entendió. Lo sujeté tan fuerte, al punto de sentir que mis últimos soplos de vida se aferraban a su torso fuerte. Tenía tanto que decirle, tantas bofetadas atrasadas, por haberse comprometido sin avisarme, pero sobre todo, por haberlo hecho con alguien que no ama.

Oh sí lo recuerdo, recuerdo muy bien su cumpleaños veintidós. Su novia le planeó uno de esos festines como de películas superficiales, pero él no aparecía por ninguna parte. Yo sabía donde encontrarlo, así que decidí ir por él para que no comenzara un drama innecesario. Justo allá por los callejones del final de la avenida, se encontraba Roberto, apasionadamente besando a alguien más, bueno y no sólo eso, besando a otro hombre. Nunca hablamos sobre eso, aunque sé muy bien que él me vio allí aquella noche; incluso me mencionó su nombre una vez, “Antonio se llama” se dejó decir. Fue lo único que supe y posiblemente, lo único que debía saber.

Ahora que lo veo aquí conmigo, sonriendo, bien peinadito y arreglado como un muñeco de caja, no puedo hacer nada más que derramar lágrimas, dicen que así es una forma de tatuar recuerdos en el alma y su rostro sin duda, era una de esas imágenes que anhelaba con todo mi ser guardar por una eternidad. Lo sujeté fuerte, mirando por la ventana una última vez a aquel viejo barrio con un aire anglosajón. No hablamos, solo nos miramos y el me tocaba las arrugas con tanto amor. En todo este proceso fue el único momento en que flaqueé y quise vivir otra vez. Pero en medio de esos segundos que parecieron eternos, el timbre sonó más sombrío que de costumbre. El doctor ya estaba aquí.

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 Imagen “Sin Esperanza” por Frida Kahlo, 1945.

El Último Vuelo de la Paloma

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Hoy hace 60 años se marcha, se cumple el último deseo de su diario y se nos va. “Espero alegre la salida y espero no volver jamás” fue la frase con la que se despidió Frida Kahlo del mundo de los mortales, no sin antes dejar un legado imposible de ignorar. Y por que la muerte también se celebra a su manera, quise recordarla en este día compartiendo uno de varios escritos que le he dedicado a Frida, denotando que mi admiración por ella peca de evidente. Adiós Llorona.

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El Último Vuelo de la Paloma

Llorando y batiendo los oleos
batiendo y llorando tus obras
creando la mejor de los amantes
en el crucifijo donde cargabas a tus hijas y sus odas.

Ellos nunca pudieron tu realidad vivir;
no comprendían la serenidad con la que besabas a la dama pálida
y la tranquilidad que te hacías a las armas
para gritar con colores, el hito de ser mujer.

Abriste las piernas para dejar entrar tus temores
dejando que la tristeza fuera indigente en tu alma,
aún cuando alegre te marcharas
aún cuando titilante nos miraras.

Tan sola, tan firme, tan ella
cautiva reposaba como el tequila que adorabas
en las esquinas donde te cantaba Chavela
y donde yo te esperé por siglos, ciento cuarenta y tres veces.

Tan sola, tan triste, tan ella
llorando y batiendo las dudas
batiendo y llorando tus vidas:
Frágil, fuiste tu mi revolución.

Otoños Sin Noviembre

Caminó sobre las hojas secas, quebrantando sus estructuras como se quebraba su alma en mil siluetas. Tras sus cercas admiraba ese lugar siempre de lejos, sin pensar que llegaría a ser el antagonista de su silencio; pero su dolor era más fuerte que la furia de los vientos, su llanto no cesaba aún cuando de lágrimas escaseara su cuerpo. Ahí estaba de rodillas, destrozado. Las estatuas le miraban con la arrogancia del ocaso, el último que vería respirar su aliento.

El frío se sentía ya hasta en sus huesos, pero la voluntad le impedía separarse del suelo. Allí yacía envidiando a los muertos y culpando a la vida por no haberlo eximido de más lamentos. Su nombre repetía en los ecos de aquella soledad y sentía en el corazón de los árboles su desgarro intenso. La muerte había llegado sin anuncio ni invitación, desalojando a las almas de sus cuerpos, sin derecho a la redención.

“Porque no mueren los que se marchan, morimos quienes quedamos vivos” repensó. Se siembra en nosotros la maleza y se distorsiona la luz. Quedamos tumbados ante la representación de quienes otros fueron, en lápidas de piedra y láminas de bronce, recolectando las más macabras sensaciones, la amargura, el rencor. Las palabras no dichas, las canciones no escritas, el poema sin intención. Todo quedo plasmado en la agonía en la ciencia exacta de su desolación. Las pinturas inconclusas y los finales a medias, los inicios sin discurso, las manías sin ocasión. Tan solo quedaba la apatía de estar vivo y la falta de miedo al amor; tantas veces escuchó su nombre, pero tan pocas lo mencionó.

Crónicas de la Vida y la Muerte: II

Cosquilleo redundante en las plazas del pueblo,
Incomprensión parcial de sus diferencias
¿Por qué en esos lugares llenos de iguales
sentía permear sus brechas?
Incluso la sangre se negaba a llamarle
Y le huía a los insultos de su genética.

Abría las puertas imaginarias a su realidad perdida,
Pues odiaba todo aquello que acontecía tal cual debía;
Su costumbre lo coronó caballero de reinos dolidos
Mientras armaba rompecabezas.
Pactó su alma a lo incierto
Iniciando su travesía en los disturbios.

Ahora que lo veo en años caducados
Le entiendo mejor, explicándome menos
Intento escurrir los errores que ya secaron
Le enciendo una vela o dos por si decide volver a visitarme
Y pedirle perdón, por no haber estado de su parte,
¿Qué es un infante si no sus raíces?

Le acompaño en sueños, mientras decide los vestigios
Le acorralan los surcos de su confusión lisiada
Corretea al viento, su único amigo
Se pierde entre estaturas y tallas.
Todo cambia menos el destino,
Todos se marchan menos los gritos.

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Imagen: Frida Kahlo “Raíces”, 1943.