Hasta Mi Final

Postrado en la silla de un juzgado
una vez más condenado
por haber creado un capricho endemoniado
de egos y compañías falsas
que se acaban cuando se sepa
que se escucha y no se habla
porque se sigue siendo sombra
entre tantas patrañas
la lucha es eterna cuando no se tiene agallas
y se paga con sangre el engaño que se hace
a lo interno de la propia alma.
 
Construyo una figura
una silueta ilusa de mi burda necesidad
que antojadiza ordena tal cual cena
ingredientes crudos y un puñal
para clavar la carne y hundirse a sabiendas
de la vida que habita aquel lugar
el cuerpo desnudo de un charlatán
sentimientos en jugo de un huracán
que valen mierda si se quiere jugar.
 
Y en esta silla donde hoy me juzgan
culpable me he de declarar
si esta cabeza sucia me anuncia
la película cruel que creí olvidar
pero que aún corre por los tóxicos conductos
de una intención bipolar
que con euforia libera deseos abruptos
que no miden su impacto a la hora de golpear
pero que mueren de tristeza sin mucho augurio
con el mismo miedo que se le tiene al mar.
 
Porque un cuarto verso aclara
la vicisitud del funeral
que con muchos muertos se carga
si con fuego he de jugar
asesino o testigo
la daga su daño ha de causar
adrede, sin disimulo, no me creas nada, huyo
hasta mi final.
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“Silence” by Laura Makabresku. 

Desperado, 1957.

No tengo por qué huirle a los demonios, si sé bien que he sido el propio diablo, refulgente entre sombras, destacando un cuerpo sin rostro y una mano que toma lo que no da.

Me he levantado en llanto, en medio de la noche, haciendo llover en mi propia tumba sublevada y sucia, donde se guarda un cuerpo resiliente, mutando de a poquitos su intromisión al mundo de los ruidos y las voces, del olor a canela en la esquina de Barrio Aranjuez, de callos en las manos de una madre soslayada de su propia vida al servicio de los demás, al mundo que teme a los credos y se enorgullece en los espejos.

Puede que lean esta nota, recluida entre casquillos de bala que no son míos, entre heces en el suelo y grietas en las puertas, resignada a ser portadora de palabras cuyo color no existe, así como tampoco existe ahora la consciencia de lo que nunca fui y jamás seré.

Opaqué la esencia de mis actos, guiado por una astucia absurda que creí tener. El capitán del mundo o el profeta en lenguas; la virtud de los oprimidos sacando cuentas de su alivio, sintiéndome la antítesis de un héroe afligido por sus logros, una historia inconclusa que se inventarían en los diarios. No, tan solo fui mi mal en carne propia, la rosa negra en un jardín de girasoles, un fantasma que sin necesidad de morir ya asustaba por las noches; fui tan solo un cuento para no dormir.

Háblenle, escríbanle a ella, despídanme de él. Que se cuente en las aceras, que yo también amé.

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“A Naked Man” por William Etty.