Mi despedida.

Sonetos en fuga nació hace siete años, un agosto del 2009, como un punto de escape entre muchos pensamientos que ya perturbaban hacía años, pero que por alguna razón se habían vuelto más fuertes en ese entonces. De pronto se convirtió en mi rinconcito, donde podía decir todo lo que en el mundo real no podía; hasta me sentía poeta en mi misma ilusión. Recuerdo “El salmo del irreverente”, el primer escrito que publiqué, donde según yo me sentía el gran crítico. Mucho de esos primeros escritos que nadie leyó por acá porque no tenía “seguidores”, decían mucho de mi frustración y mi rabia; de todas esas máscaras que uno suele usar. Pero bueno, pocos o nadie los leyeron. Así como pocos serán los que lean esto. Presiento que será uno de esos textos largos y cansones de algún aficionado que busca en la escritura un psicólogo ad honorem.
 
Usé Sonetos para muchas cosas. Mentí mucho. Me apropié de sentimientos, de historias, de pensamientos que no eran necesariamente míos, todo en mi urgencia de sentir, de sentirme. Lo usaba como plataforma para tirar indirectas; a otros y a mí mismo. Para decir todo aquello que en persona no pudiera por la cobardía latente que me enmudecía. Incluso muchas veces para herir lo usé. ¡Oh inmaduro que fui! Y no es que ahorita sea muy cuerdo y consciente, no. Pero al menos he intentado enmendar mis errores, corregir casi tres décadas de actos de los que no me enorgullezco, pero que tampoco me arrepiento rotundamente, porque puta, me han enseñado. Pero sé que con ellos he hecho daño, sobre todo a mí mismo y quizás deba perdonármelos; y a todos nos llega su tiempo, el mío pues, ha caducado.
 
Sonetos fue mi colchón de autoayuda, como su frase lo dice “palabras de escape en versos en fuga”; eso ha sido Sonetos, mi plataforma para huir. Y el arte es tan hermoso, tan bello y poderoso que no merece ser manchado así. Usado como arma de guerra, eso jamás. Mucho menos como farsa para alzar el ego. Blasfemé contra mí mismo al hacerlo y hoy pago su precio. Sonetos me trajo a personas maravillosas; a situaciones maravillosas. Pero como todo en esta vida, hoy le toca morir, aunque sea por un rato.
 
Estas últimas semanas, han sido semanas duras en el sentido personal. Dicen por ahí que “cuidado con lo que deseas porque podrías alcanzarlo”. Nunca pensé que fuera tan cierto. Hace mucho yo anhelaba conocer un lugar que para mí era mágico. Le impregnaba en mi mente de un misticismo superior al que ya por sí solo ese lugar tenía; románticamente creía que sería el lugar donde encontraría un tesoro preciado, respuestas, sabiduría. Y resulta que cuando por fin llego a ese lugar, me encuentro allí, en medio de la multitud y el concreto, los olores y el ruido. Ahí de pie, como quien lleva un siglo esperando, estaba yo. Mirando atento, desconfiado, esperando que yo me viese, pero con cautela de no ser rechazado. Y pues sí, eso que tanto quería encontrar en ese lugar, era a mí mismo y lo hice. Pero nadie dijo que sería fácil.
 
Después de mucha mierda que no viene al caso, terminé trayéndome conmigo, aceptándome, acogiéndome y enmendando el pasado. Perdoné, lloré, pedí perdón y enterré esa parte mía que me abrumaba, me abatía y me causaba mucha rabia. Mucho de eso que enterré es lo que alimentaba a Sonetos, por eso inevitablemente puedo hablar sino de una despedida.
 
Han sido semanas duras dije, pero en realidad han sido años pesados y pues bueno, en algún momento todo se termina derrumbando. La parte más dura de un final es comenzar de nuevo. Por eso decidí sincerarme y escribir esto, a pesar de que estuve evitando por días tomar la pluma, para no ensuciar más el lienzo. No quiero tampoco ser melodramático, aunque sé que es parte de todo ese gozo de la vida, ¿quién no ha disfrutado de un poco de coraje al dar un beso? El drama no es tan malo después de todo. Sin embargo, no quería dejar este espacio libre al viento, como una ausencia insípida de algo que se desvanece y se vuelve polvo. No. Aunque sepa que nadie lea esto, es una especie de carta para mí, un contrato para entender y asimilar todo esto que está pasando; incluso un ejercicio más para mi aceptación propia.
 
Sonetos estuvo cargado de inspiraciones que aludían a la vida de otras personas y por supuesto, del impacto que tuviesen en mí. Mis padres estuvieron presentes. Más en todo aquello que escribí y nunca publiqué, pero si que estuvieron presentes en mis versos. Dejar morir y dejar ir mucho de lo que fui, me permitió acercarme a ellos, llorar, abrazarnos, perdonar y acercarnos. Dejar de ser tan disfuncionales y hacer la fuerza para crear familia por primera vez. Dicen que nunca es demasiado tarde.
 
Escribí de mis amigos y de mis amantes. Alardee de nuestras relaciones suicidas, de nuestras aventuras a ciegas y de nuestros sueños truncados. Me sentí parte de algo con ellos, ya fuese de los tragos, de las noches locas, el buen sexo o los cigarros. Cada cosa que me hizo ser quien soy y quien era, es valioso y se encuentra en estas letras. Si no estuviesen aquí, es porque para mí no valían la pena. Escribí de mis mosqueteros, de los insanos, de los pirnos. De los errados como yo, de los inadaptados sin frustración. Fui muy libre en Sonetos, aunque siguiese aprisionado.
 
También escribí de un extraño. De un extraño que se convirtió muy rápido en parte importante de esta historia, de mi historia; y por quien además de un eterno agradecimiento y admiración, hoy le tengo un gran aprecio. Yo pensaba que era invisible y creía que eso me gustaba. Cuando te das cuenta que quizás no lo sos, que te observan y a pesar de eso, se acercan a vos, puede desatar fuertes detonantes. Sin querer responsabilizarlo por eso y ni mucho menos, centralizarlo como parte de mis cambios, le dejé entrar a espacios donde nunca nadie ha entrado, a mirar aquellas partes de mí donde la luz no había tocado. Sin esos empujones que nos dan las personas de gran valor, muchas cosas no habrían pasado. Un abrazo de mi padre que me ha dejado sin aliento y me ha inundado en lágrimas por ejemplo. Por eso y más, gracias, por siempre gracias.
 
Hoy que me siento un poco más liviano, más libre y más humano, decidí venir de nuevo a mi rinconcito y mirarlo. Observarlo bien y ver todo lo que aquí he guardado. Cada escrito a pesar de todo, tiene gran valor para mí. Cada foto cuidadosamente seleccionada, son detalles, son señales que intentaba gritar al mundo para decirles: “mírenme, aquí estoy y yo también siento, pienso, creo, sufro, gozo, lloro, río, gano y pierdo”. Debo pedir perdón por mis letras malintencionadas, por mis escritos creados para manipular, porque sí, en Sonetos hubo de todos los sentimientos, hasta de esos que no se deberían sacar para ensuciar el arte; aunque esto estuviera muy lejos de llamarse arte.
 
Por estas y otras razones que no vale la pena mencionar para no hacer más largo el cuento; es que decido alejarme de Sonetos. Abandonarlo por un tiempo, cubriéndolo con sábanas blancas y dejándolo en el ático del recuerdo. Volver a él, solo cuando lo dicte el tiempo y me diga: podés volver a plasmar esto, porque es realmente lo que querés, lo que sentís y lo que debés. Mientras tanto, preferiré escribir en otras instancias, en mí por ejemplo. Me alejaré de Sonetos y volveré cuando toda la turbulencia haya pasado y pueda ser totalmente honesto. Sé que no me extrañarán, pero de nuevo, es parte de mi propia redención.
 
Me despido con el último escrito que hice siendo quien era. Frente a una tumba sin nombre en un cementerio en San José. Perdonándome. Es un escrito gris, como muchos de los que aquí plasmé, pero liberó en mí más color del que podría retener. Por eso lo dejo y me retiro, que se quemen con él todo eso que no es bueno que nos acompañe cuando decidimos renacer, evolucionar y crecer. Adiós Sonetos, aunque me duela y me cueste, adiós hasta un nuevo inicio.
 
Funeral
 
Hoy me entierro
profano mi tumba anticipada
en una fosa sin nombre;
quemo aquello que no me deja ser,
admito que debía morir
para poder renacer.
 
Y aunque duele verse yacer
allí
sin respirar, inerte
hay que aprender a soltar,
a soltarse.
 
Cada quien lleva el duelo
como mejor le pese.
Ha sido una noche dura
donde la soledad ya no ha sido
buena compañía
por vez primera
la he despreciado,
me dan náuseas su presencia
me enferma la mente y el alma,
pero no puedo dejar que eso me detenga
porque por elegir la vida
es que cedí a la muerte,
porque sé que merezco
empezar de nuevo.
 
He pedido perdón,
he hablado,
he dicho,
he llorado,
pero a pesar de todo eso
que mancha y ensucia,
me he encontrado.
 
Allí
en la multitud
donde la gente espera.
Allí
yazco
vestido con sedas
entre tanta mierda que cargo.
Allí
quedo
en medio de las llamas,
del odio que desaparece.
Allí
en medio de las llamas
cierro mi tumba.
Renazco.
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Gracias a la persona que tomó esta foto que hoy decora el escrito. Por plasmar en ella no solo esa despedida, sino también lo valiosa que se torna la compañía. 

Extracto de diario (2)

El poder de la palabra y el don del silencio, mucho que aprender. No me gusta la confianza, ciega y lleva fácilmente a follarse los mismos errores; no me gusta dejarme empujar por el propio descuido y la ingenuidad. Me sigo cayendo, solo que ya no me duele tanto. Ni le tengo tanto temor a las heridas y su llanto; el dolor se ha vuelto más aliado que enemigo, sus pláticas me han enseñado más que muchos de mis libros. Quizás eso sea parte del cambio, la cicatrización y el grano. Se daña y se pierde muchas veces, pero pocas son las que se levanta sin pensarlo. La vida es muy corta para detenerse a contemplar la carne abierta, el mundo sigue rodando. 

Laura Makabresku - Repulsion

Fotografía “Repulsión” por Laura Makabresku. 

Extracto de diario (1)

Lo que no se ve, es como si no existiese. Y aunque quienes conozcan su existencia se reúnan solo en las sombras, al final no deja de ser más que una fantasía. Hay mucho en juego y el riesgo se avispa, pero al final se acompaña del fuego de creerse artista. Llamas van y llamas vienen, todo siempre es tan momentáneo; por eso no me preocupan las brisas que le incrementan, pronto otra vez será verano. Y aunque los pájaros lo anuncien, no son más que el ruido tonto de los mojigatos, de los que no se atreven. No les temo, ya no hay tinieblas. Y si lo veo en retroceso y me asomo a la ventana donde se apaciguan y alborotan los curiosos, me doy cuenta de lo viva que está la vida, aunque la muerte insista en ser su mejor amiga. 

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“A Couple of Nudists at Home” by Diane Arbus, 1963.