El más grande de los idiotas

Anoche tuve un sueño, de esos sombríos que en otro contexto perturbarían la noche; un sueño en el que me vi a mí mismo en un contraste que pocas veces he visto. Me recordó lo que es sentirse, el más grande de los idiotas.
 
En ese sueño habían dos versiones de mí mismo. La primera era más alta de lo que realmente soy, llevaba un suéter de franela gris, una camisa blanca por debajo y una corbata de esas que tanto odio. Un pantalón color crema y zapatos relucientes. El cabello hacia atrás que hacia juego con la cordialidad y su calma, me miraba de lejos con un poco de lástima. La segunda versión me era más familiar. Pantaloncillos cortos, camiseta sin mangas y los pies descalzos. El típico desaliñado que escribe este cuento sin argumento.
 
Al encontrarse esos dos cuerpos, no hubo mayor fricción. Como familiares y habituales uno del otro, conversaron, sepa Dios de qué, largo y tendido conversaron, hasta que el primero envío al segundo por un par de zapatos. El camino a seguir era largo e iba a necesitarlos. Yo, ahora sí en primera persona y no como un tercero, formé parte de la escena como el yo descalzo. Al volver la mirada vi que ya no había nadie, ni rastro alguno del camino tomado. Por lo que emprendí esa búsqueda –romántica– de mí mismo.
 
Habían muchas puertas, callejones oscuros y personas sin alma. Entré en una especie de baño público, lleno de bañeras con hombres yaciendo en ellas, con una particular manta que cubría sus cuerpos y sus caras. Niños corrían sin que pudiera verlos con claridad, se escondían de mí. Intenté buscar una bañera libre en la cual pudiera entrar, pero no topé con suerte. Cada una estaba ocupada por cuerpos desnudos e inertes.
 
Salí de allí buscando alguna otra opción a mi suerte. Entré entonces en una bodega llena de artefactos. Cosas llenas de botones y sonidos, cosas viejas y mucho polvo. Pero sin duda, para alguien, ese era su cuarto de tesoros. Tesoros que yo no sabría apreciar ni por tratarse de un sueño, por lo que mejor decidí seguir buscando mi alter ego.
 
Seguí caminando, descalzo, por calles recién mojadas, típicas de una tarde de invierno. Como en un Londres deprimido, solo habían charcos y personas esperando. Esperando a que la vida les golpeara sin mucho asco. De repente recordé algo. Un camino trazado. Recordé que esas calles no eran tan ajenas después de todo y que había una forma de discernir adonde ir. Corrí despavorido en dirección a lo recordado. Pasé un campo de girasoles mojados que observaban cautelosos mi desacato. Corrí y llegué a esa puerta de vidrio que veía en mi memoria, pero ahora estaba recubierta con tablas de madera que estropeaban el paso. Dentro escuché voces y vi siluetas. Sin duda alguna, mi otro yo había logrado cruzar la puerta. Como alguna especie de resignación, desperté por no haber cumplido la tarea impuesta.
 
Lejos de cualquier interpretación que no sé hacer evidentemente, mi cabeza comenzó a intentar darle vueltas a un escenario que en la realidad no es creación fantástica. ¿Será que me he quedado estancado? ¿Será que ha imperado en mí el soñador descalzo por encima de lo que se considera apropiado?
 
Mi terquedad no es virtud, lo sé. Pero desde muy pequeño me convencí tanto de quien quería ser, que se me olvidó seguir un rol diseñado. Renuncié a casarme con lo diario. Ilusamente creí que había más por que vivir, más que la vida misma, que la vida propia. Me creí suficiente para cambiar el sentido de rotación de mí mismo y de la gente. Qué idiota fui.
 
Ahora heme aquí, por fuera de la puerta sin lograr entrar. Con los pies descalzos y mojados. Sin más nada que estas dos manos que solo saben escribir de madrugada. Debería sentirme triste y desolado, pero no es así. Debería sentirme frustrado y fracasado, pero no es así. No sé cuántas almas en mi paso me he encontrado y menos sé si mi presencia en algo les ha cambiado. Pero sé que mi paso no ha sido en vano. Descalzo o refinado, mojado o bien peinado, sé que mi tarea aquí no ha terminado.
 
He rechazado puertas que no tienen tablas. He rechazado suéteres de franela y zapatos con oro en las suelas. Me he llamado idiota a mí mismo por todo eso. He peleado mucho conmigo mismo por creerme importante. He decorado el discurso y he construido pedacitos de vida en varios lados. Muchos me ven como un pobre desquiciado, inmaduro y soñador, un maldito fracasado. Yo mismo me he visto así en varios de sus ojos; pero ahora entendí el precio que por ello he pagado.
 
No sé qué signifique un hombre cubierto en mantas en una bañera, o un cuarto lleno de artefactos, polvo y telas. No sé siquiera lo que significa sentir lo que ahorita siento, ni sé decir si estoy siendo o no estratégico. Pero si el motor que va por dentro lo sigue moviendo la pasión que siento por ser algo más que números y conteo en años; si lo mueve el brillo que ilumina mis ojos cuando hablo de la importancia del cambio y creer en que mis acciones puedan alcanzarlo; es allí cuando ya no me importa tanto seguir descalzo. Es allí cuando ya no me molesta tanto el ruido de una sociedad insistente y homogénea. Es allí donde corporalizo otras realidades y otras escenas; sobre todo esas que no se ponen en el guión por justa razón. Es allí cuando ya no me importa, ser el más grande de los idiotas.
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2 pensamientos en “El más grande de los idiotas

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