Efecto Golondrina

Se posaba contra la pared en un mar de extraños. Llevaba consigo un libro viejo y desgastado, se aferraba a él como si fuese lo único que tuviese en su vida. Eran casi las cuatro y él seguía allí, como esperando algo que jamás llegaría, pues no había un plan previo o siquiera una intención, era tan solo ese momento a solas que llegaba cada que lo permitiese la ocasión.

Se había dado cuenta de lo que la temporalidad hacía en él y en otros. Le amaba con la misma avidez con la que le despreciaba, sobre todo por aquellas golondrinas que se habían posado en sus hombros para contarle los más salvajes secretos del mundo. Con ellos había escrito mil historias y cien canciones, aún cuando ninguna la cantase más que para sí mismo. Les había dedicado tanta vida, que se le desgarraban sus mejillas con lágrimas de navaja en cada vuelo. Les extrañaba sí, pero entendía también como todo en este vida zarpa, incluso sin un aviso.

No había quien entendiese la razón de su sitio, lo que significaba aquel libro o la corriente hora que se repetía cada día con los mismos hitos. Eran tan solo él y el olvido, creía que era aquel quizás, su único antídoto. ‘Se muere uno un tanto más con cada despedida’, solía decirle su abuelo, que irónicamente falleció de un infarto, en el último viaje de despedida que realizaba el tren en la central San Antonio antes de su demolición. Tal vez a aquel viejo hablador y mujeriego, ya se le habían agotado sus cuotas de adiós.

‘A veces migramos de personas o de contextos’, pensó. ‘A veces lo hacemos porque lo dicta la naturaleza o el tiempo. Otra veces por decisión propia, pues hasta la seta más dócil se puede volver tóxica a quien la coma; hay ocasiones en que la mejor decisión es dejar que la serpiente se trague su veneno sola, gota por gota. Pero también hay migraciones de desconsuelo, de palabras que flotan, acciones que asoman su raíz. Ahí es cuando se parte sin decir palabra alguna, la ausencia es más sabia y habla por los sin boca, aunque sea difícil interpretarla’.

El viento frío llegaba, sus manos lo podían percibir. Un invierno anticipado se anunciaba con algarabía y él sabía que ello implicaba una ola de melancolía, furia de conspiraciones suicidas. Pero de allí no se movía, como si de eso dependiese la permanencia que sabía que no le pertenecía; su último grito ahogado de desesperación por migrar también con ellas, aún cuando no se dirigiese donde todas iban, al menos sería el minúsculo esfuerzo de su mutación.

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Fotografía “Diario”. Autoría propia para concluir el escrito al que acompaña. 

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