Alegoría a una paternidad abortada

En poco tiempo cumpliré mis treinta vueltas en este mundo, en esta vida. Siempre he escuchado que es una etapa en la que comienzan a llegar más preguntas decisivas que en los veintes, a su vez más respuestas; pero lo que no me imaginaba es que serían terceros quienes me inundasen mayoritariamente con ciertas preguntas innecesarias, absurdas y hasta ofensivas, por cuadrarse únicamente en su propia perspectiva. Y sí, me refiero a esa conspicua pregunta por la paternidad, porque no solo las mujeres son cuestionadas sobre el mandamiento de la reproducción.

Son muy pocas las cosas sobre las que uno llega a tener claridad cuando se escasea en años; en mi caso, quizás la más clara haya sido mi rotunda negación a la reproducción propia. ¿Razones? Muchas. Y sé que entre quienes compartamos este pensar, habrán múltiples y distintas justificaciones –posiblemente todas igualmente válidas, pues no soy quién para atreverme a juzgarlas– mas lo que no se puede considerar válido, son los pseudo argumentos de algunos “letrados” de la vida humana, que le consideran el único mecanismo a la felicidad, satisfacción, nirvana o salvación divina, por lo que quien no llegue a experimentarlo es un infeliz, un desdichado de la sociedad. A veces me cuesta incluso diferenciar tal criterio, de ese otro de considerar que tener una casa propia o un carro del año, sean insignias de éxito y bienestar, aún cuanto tanto vacío interno no se logre llenar.

Y es que hasta cierto punto, esta paradoja de la reproducción se difunde como un dogma no solo de realización humana, sino de institucionalidad de la vida en sociedad, pues garantiza la secuencia (¿lógica?) de un ciclo infundado desde la ciencia biológica para la preservación de la especie; aunque ignoremos a veces que el ser humano se haya convertido incluso en la peor plaga de su propia raza. En las mujeres, se propaga como la esencia eterna del ser mujer, un don glorioso para culminar su razón existencial en este mundo y tener una vida a quien entregar su devoción total. En los hombres, un símbolo de masculinidad, una validación social de que nuestro semen sirve y no es simplemente una excreción corporal más, la alegoría de una virilidad expuesta y hasta estatus social; irónicamente olvidando que ser padre no equivale a ser papá.

Tristemente también, los hijos muchas veces llegan a representar ese segundo cuerpo donde un humano quiere ver sus sueños frustrados consumados por un tercero, influenciando una vida como si fuese propia y existiese cierto nivel de pertenencia material, pavimentando el camino de un alma que al parecer no nació libre, sino que firma desde el primer llanto, todo un estatuto ético y moral que debe respetar; con razón ese sentimiento recurrente de creer que se le ha vendido el alma al diablo o a cualquier otro ser celestial.

Con esto no pretendo generalizar porque sé que no todo se esconde detrás de lo que aquí menciono. Mucho menos intento caer en el mismo paradigma de irrespeto de quienes son víctimas de un tradicionalismo irracional, pero así como existen defensores de esos credos, considero pertinente hacer ver que no hay una sola forma de pensar, aunque parezca inaudito acudir a ello en pleno siglo XXI, donde parece estar de moda oponerse a cualquier tipo de diversidad, tal cual un resumen rápido de la historia de la humanidad.

En poco tiempo cumpliré mis treinta, estoy consciente de lo que ignoro, de lo que no acierto y esas cosas que quizás con los años me arrepienta, pero no por ello aspiro cumplir un arquetipo prediseñado para alcanzar un estándar de lo que se debe ser, porque así lo dicta una tribu en masa. Por ende, no pretendo comprensión o simpatía por mis criterios, pero a veces un poco de tiempo libre y un tanto de palabras extra, lo llevan a uno a contestar muchas preguntas, todas de una sola vez.

prodigal son

“El regreso del hijo pródigo” por Rembrandt. 

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