De lo que hablo cuando ya no estoy

La cábala grita el apuro
mi senda es trazada por el arrastre
los pies no son suficientes, sufro.
 
Hay doce animales
escalando el cielo, no miran atrás
se distorsiona la luz pues son mortales
mecen los cantos, un clamor fugaz.
 
Un hombre me da su mano
dice llamarse Jesús
no digo nada, pero le ofendo.
 
El deseo reina
donde no se puede ver
al dejar la mente abierta,
se puede ver su poder.
 
Son dos lados
mi rostro está dividido
gotea el cuerpo, mi alma ya no está.
 
La paciencia hiere
aunque logre ver la gloria
el litio la disuelve
le crea falsas memorias.
 
Búscame de izquierda a derecha
que la retórica no es de centros
ni yo estoy tan cuerdo, de lejos.
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Autorretrato “Both Sides”. Autoría propia. 

A la espera

En el parque de mis sueños
donde la niebla hace lo suyo
trayendo de vuelta los recuerdos
cantan los yigüirros atentos
el clamor por agua de lluvia
no les deja ir lejos
como a mí y mis pasos quietos
porque hace mucho no enciendo
el motor que mueve mis intentos.
Cargo mi guitarra cuesta arriba
llevo ilusiones cuesta abajo
con el ocaso del sol de mi lado
veo en mis hombros reflejado el cansancio
ese que llega con la falta de impulso
carcomido por la ciega pereza
y las pausas de una intención sincera
que no deja de ser un deseo personificado
como la gracia de quien visita mi espera
aquí bajo el árbol de los encantos
esos que escriben en mi piel novelas
con finales tristes y humanos
como todo en este mundo
con lágrimas en mi mano
me siento en el parque que veo en sueños
a la espera de algún milagro.
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“Thumbelina” por Laura Makabresku. 

Alegoría a una paternidad abortada

En poco tiempo cumpliré mis treinta vueltas en este mundo, en esta vida. Siempre he escuchado que es una etapa en la que comienzan a llegar más preguntas decisivas que en los veintes, a su vez más respuestas; pero lo que no me imaginaba es que serían terceros quienes me inundasen mayoritariamente con ciertas preguntas innecesarias, absurdas y hasta ofensivas, por cuadrarse únicamente en su propia perspectiva. Y sí, me refiero a esa conspicua pregunta por la paternidad, porque no solo las mujeres son cuestionadas sobre el mandamiento de la reproducción.

Son muy pocas las cosas sobre las que uno llega a tener claridad cuando se escasea en años; en mi caso, quizás la más clara haya sido mi rotunda negación a la reproducción propia. ¿Razones? Muchas. Y sé que entre quienes compartamos este pensar, habrán múltiples y distintas justificaciones –posiblemente todas igualmente válidas, pues no soy quién para atreverme a juzgarlas– mas lo que no se puede considerar válido, son los pseudo argumentos de algunos “letrados” de la vida humana, que le consideran el único mecanismo a la felicidad, satisfacción, nirvana o salvación divina, por lo que quien no llegue a experimentarlo es un infeliz, un desdichado de la sociedad. A veces me cuesta incluso diferenciar tal criterio, de ese otro de considerar que tener una casa propia o un carro del año, sean insignias de éxito y bienestar, aún cuanto tanto vacío interno no se logre llenar.

Y es que hasta cierto punto, esta paradoja de la reproducción se difunde como un dogma no solo de realización humana, sino de institucionalidad de la vida en sociedad, pues garantiza la secuencia (¿lógica?) de un ciclo infundado desde la ciencia biológica para la preservación de la especie; aunque ignoremos a veces que el ser humano se haya convertido incluso en la peor plaga de su propia raza. En las mujeres, se propaga como la esencia eterna del ser mujer, un don glorioso para culminar su razón existencial en este mundo y tener una vida a quien entregar su devoción total. En los hombres, un símbolo de masculinidad, una validación social de que nuestro semen sirve y no es simplemente una excreción corporal más, la alegoría de una virilidad expuesta y hasta estatus social; irónicamente olvidando que ser padre no equivale a ser papá.

Tristemente también, los hijos muchas veces llegan a representar ese segundo cuerpo donde un humano quiere ver sus sueños frustrados consumados por un tercero, influenciando una vida como si fuese propia y existiese cierto nivel de pertenencia material, pavimentando el camino de un alma que al parecer no nació libre, sino que firma desde el primer llanto, todo un estatuto ético y moral que debe respetar; con razón ese sentimiento recurrente de creer que se le ha vendido el alma al diablo o a cualquier otro ser celestial.

Con esto no pretendo generalizar porque sé que no todo se esconde detrás de lo que aquí menciono. Mucho menos intento caer en el mismo paradigma de irrespeto de quienes son víctimas de un tradicionalismo irracional, pero así como existen defensores de esos credos, considero pertinente hacer ver que no hay una sola forma de pensar, aunque parezca inaudito acudir a ello en pleno siglo XXI, donde parece estar de moda oponerse a cualquier tipo de diversidad, tal cual un resumen rápido de la historia de la humanidad.

En poco tiempo cumpliré mis treinta, estoy consciente de lo que ignoro, de lo que no acierto y esas cosas que quizás con los años me arrepienta, pero no por ello aspiro cumplir un arquetipo prediseñado para alcanzar un estándar de lo que se debe ser, porque así lo dicta una tribu en masa. Por ende, no pretendo comprensión o simpatía por mis criterios, pero a veces un poco de tiempo libre y un tanto de palabras extra, lo llevan a uno a contestar muchas preguntas, todas de una sola vez.

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“El regreso del hijo pródigo” por Rembrandt. 

Ellos

No pretendo juzgarles,
pero les observo.
Clavo pensamientos
en sus rostros expuestos,
a las puertas
de la inmiscusión del vecino,
donde tanta información
permanece incierta
a la espera
de quien la compre,
quien la considere correcta.

Mas, quién soy yo
para cuestionarles,
para arrojarles
miradas de desprecio
desde la otra ventana,
en la que me recluyo
de rodillas
buscando extraños,
cortando mi cabeza
en los retratos
para que no sean
reconocidos mis pecados.

No soy más
que el fantasma olvidado
de un viejo rufián,
la sombra maldita
de un desahuciado,
la raíz corrupta
de mi voluntad.

Les miro a diario,
les resto días de existencia
con solo posarles
las yemas de mis dedos,
pero ellos no lo saben
lo ignoran
no saben quién soy.

No lo saben,
pero me tienen a su lado
muy cerca
taciturno
sin pensar siquiera
que mueren de a poquitos
en mi demencia.

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Fotografía “Lonely soul” por Laura Makabresku.

Desperado, 1957.

No tengo por qué huirle a los demonios, si sé bien que he sido el propio diablo, refulgente entre sombras, destacando un cuerpo sin rostro y una mano que toma lo que no da.

Me he levantado en llanto, en medio de la noche, haciendo llover en mi propia tumba sublevada y sucia, donde se guarda un cuerpo resiliente, mutando de a poquitos su intromisión al mundo de los ruidos y las voces, del olor a canela en la esquina de Barrio Aranjuez, de callos en las manos de una madre soslayada de su propia vida al servicio de los demás, al mundo que teme a los credos y se enorgullece en los espejos.

Puede que lean esta nota, recluida entre casquillos de bala que no son míos, entre heces en el suelo y grietas en las puertas, resignada a ser portadora de palabras cuyo color no existe, así como tampoco existe ahora la consciencia de lo que nunca fui y jamás seré.

Opaqué la esencia de mis actos, guiado por una astucia absurda que creí tener. El capitán del mundo o el profeta en lenguas; la virtud de los oprimidos sacando cuentas de su alivio, sintiéndome la antítesis de un héroe afligido por sus logros, una historia inconclusa que se inventarían en los diarios. No, tan solo fui mi mal en carne propia, la rosa negra en un jardín de girasoles, un fantasma que sin necesidad de morir ya asustaba por las noches; fui tan solo un cuento para no dormir.

Háblenle, escríbanle a ella, despídanme de él. Que se cuente en las aceras, que yo también amé.

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“A Naked Man” por William Etty.