Cobarde

Tiemblo.

Estoy temblando
y no sé si es de rabia
o de miedo.
Mis brazos no sostienen coraje
y mis pies yacen helados.
La respiración me traiciona
y muerdo mis uñas.

Cabizbajo,

miro como si el suelo
fuese un aliado
mis manos
ellas siguen temblando.
La sangre hierve
puedo sentirlo,
aún cuando en mi cuerpo
abunde el frío.
Me atraganto con palabras,
no sé si sea ayuda
o sea insulto.
La voz se esconde
en su pequeño mundo.

Mis maletas
preparo,
casi todo
está listo.
Pero aún no tengo listo

mi denuedo.

¿Cómo dejarles solos en este contexto?
No es seguro aquí
y a ellos
les traiciona el cuerpo.
Escucho gritos
todavía caen piedras
en el techo.
El ultraje y la mofa
siguen,
a tan solo una pared de distancia.
Y aún así
yo me alisto,
me preparo para un destino
que ni siquiera sé
si es el mío.
No tengo paz,
solo sigo teniendo frío.
Las náuseas volvieron
y el insomnio
duerme conmigo.
Porque me duele.

Lloro.

Tengo mucho miedo.
Parezco un niño
encorvado bajo su cama
y los abrigos,
para no escuchar la lluvia
y el trueno,
tapa sus oídos.
Así me siento

retraído,

escondido entre las sombras,

maldito.

Incapaz de dar auxilio,
la antítesis
de un héroe erguido;
se cortan las vías
de mi alivio.

Soy cobarde
de eso estoy seguro.

¡Cobarde!

Un maldito cobarde.
Me mata de a poquitos

la angustia,

me quedo dormido
en silencio.
Sueño
ser valiente
y cuando despierto,
lo olvido.

Imagen "El ángel herido" por Hugo Simberg, 1903.

Imagen “El ángel herido” por Hugo Simberg, 1903.

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