Enredaderas, Frío y Helechos

I

Fue un jueves por la tarde, cuando decidí recluirme en las montañas del pueblo. Un aire frío cobijaba las pocas partes descubiertas de mi rostro. Aún no oscurecía cuando llegué y logré sentarme, una calma momentánea, ver la majestuosidad del cielo, las nubes y lo pequeños que lucían mis sueños desde allá arriba. Solo. Solo como un Thoreau; tuve ganas de llorar, pero se esfumaron aún cuando no las contuviera. Había mucho en qué ocuparse. Fue un jueves cuando llegué allí.

Zhang Jie,

Zhang Jie, “Cold”.

II

Encontré una corbata en el suelo y los pantaloncillos rotos que le avergonzaban. Odiaba verse el pito repintado, como si fuese un bulto ajeno a su cuerpo. La comodidad se había vuelto lo moralmente incorrecto, al menos en términos de simpleza. La sofisticación era una nueva droga, insípida y fatua. Pero él se afanaba un poco más: el auto, la casa, los niños. Iba dejando pedacitos de su vida regados, olvidados. Desperdicio era ante mis ojos, mas no soy quien para juzgarlo.

III

Se acercó sutilmente a donde yo estaba. Simulé ser presa del discurso y diplomacia que le caracterizaban. Con respeto falso inmiscuía en mi pasado. Los títulos, el dinero, las zorras o el consuelo, cualquier cosa a que llamarle éxito. Me enfermaba con cada palabra, cada gesto. Incluso sus arrugas eran las del molde de su abuelo. La tradición de lo que se debe ser superpuesta a la carne, las entrañas de lo que es, lo que se siente y piensa. Cuestióname, cuestiónate. El juicio apenas iba a comenzar y ya habían declarados culpables e inocentes.

IV

La última copa me supo a gloria. Tenía de esa sed inusual que cuspaba mis raíces en aquel viejo y sucio piso de madera. La casa había estado sola por mucho tiempo. Encendí la chimenea y me senté a esperar la noche y el hielo que enfriara mi distracción y el whiskey. Saqué el viejo cuadernillo y me puse a escribir. Muchas incoherencias como siempre. Era lo que habitaba en mi cabeza, reproches y angustias por la incertidumbre de lo que no acontece aún. Abrí las ventanas para sentirme desnudo, hace mucho tiempo que no cambiaba de cuerpo.

Zhang Jie,

Zhang Jie, “New Night”.

V

Ella me estuvo reprochando cosas esa noche. Yo no le ponía atención, pues debía afinar los últimos detalles de aquel fasto púlpito. Me iban a dar en la iglesia un buen billete por él. Justo lo que necesitaba para tener un lugar donde irnos a coger. Habían pasado dos días ya desde la última vez y a ella se le notaba en su irritada manera de hablar. Conversé con el pastor y me prometió pagarme antes de las cuatro. Le esperé en el templo mientras volvía junto a varios feligreses a valorar la obra. El silencio me reprendió y por la misma inercia mis oídos comenzaron a escuchar el órgano sonar, con música tan fúnebre como la morbosidad de la religión misma. Hay que ser muy perverso para matar todos los años al mismo tipo, pensé. Cuando la masa de gente entró por aquella puerta, sus palabras estaban muertas, diseñadas y secas. Ellos me hablaban de bendiciones y de dones. Yo solo quería coger.

VI

Maldito puerco y sus rutinas. Me dejó ahí inválido y sangrando. Los colmillos del perro aún eran visibles en mi brazo. Por la puerta de la izquierda entró una mujer gorda en camilla, gritando despavorida y con las piernas descubiertas. El anciano de la esquina le miraba parir, esperando que esa nueva vida fuera el ciclo inicial de la suya. Se le veía en la frente que ya no quería vivir. Había mucho ruido, le subí el volumen a la música; Wovo era de mis álbumes favoritos aquella noche. Mis ojos se fueron cerrando y el dolor se esfumó. De pronto recordé que me había meado encima y traía los pantalones manchados de vómito. Quiero levantarme, pero estoy débil, no hay quien me atienda. Nadie atiende a los adictos. Todos se sienten tan dioses para doblegar, pero tan humanos para suplicar. Dos caras de una misma moneda. Saqué de mi bolsillo otro ácido y me eché a dormir.

VII

El sol apenas salía y nosotros no habíamos dormido en toda la noche. Su silueta desnuda se repintaba con los primeros rayos y ella bailaba sobre mi. Haciendo poesía, fuimos la poesía misma sin ser poetas. Sin letras ni lamentos, solo la respiración agitada. Nos arrodillamos para pedirle perdón al viento y al frío de aquella posada; fuimos combustión y llamas para incendiar la luz y su pecado. Sus uñas en mi espalda. Reencarnamos en quienes no sabíamos, la muerte a veces también es necesaria.

Zhang Jie,

Zhang Jie, “Rest”.

VIII

Página 206, párrafo tres. Era muy joven para ser docente, pero muy viejo para tener fe. Recibí una carta del rector ese día pidiendo mi renuncia, había quienes me culpaban por los disturbios del comité académico y su grupo de buitres. Le escupí en el rostro y salí de allí regalando mis libros y citando a Bukowski. Nunca me había sentido tan libre como para irme sin tener que huir, estaba recogiendo los frutos de ser quien era y jamás me sentí más feliz. Me alejé del mundo de los hombres y mujeres, sus anhelos de domingo, los paseos de verano, el almuerzo prudente y el café de las tres, sus pláticas estridentes, el tomarse de las manos, de los bancos, del charol, los vestidos blancos, de lo bueno y de lo malo, las apariencias que envenenan, los engaños que ciegan, las extremidades rotas por el fanatismo, la renuencia a la crítica, simplemente me alejé. Fue un jueves cuando llegué; me senté a esperar que el frío y el aire puro llegasen para que en mis limbos comenzara a llover.

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