La inexplicable angustia de saberse bien.

Con frecuencia me cuestiono
las implicancias de un secreto.
Tantos roles soslayados por la perspicacia,
casi anunciados con el victimismo
pacientes aguardando quien muerda el anzuelo.
Estoy a punto de jugar uno de mis más grandes papeles,
uno de los más estudiados
el despiadado,
el egoísta,
el noble
y el trapecista.
Todos han desfilado sonrientes
tal cual preludio a la falencia de los ojos de terceros,
de su paladar seco.
Y es que sí, les desprecio.
Les dedico pensamientos que luego repudio
y me someto a la expiación.
Que a veces creo que no hay peor castigo
que el conocerse demasiado,
o el conocerse muy poco,
pues ambas caras son traicioneras;
y se vacila banalmente con el arte del engaño.
¿Quiénes somos a fin de cuentas?
Con el tintero abierto y las hojas regadas,
me recuesto en el suelo,
en el frío de la noche y sus únicos momentos.
Me escucho esas voces y por instantes les aplaudo.
Enciendan las velas por mí.
De reojo veo como se me escapa el tiempo,
tanto por hacer y tanto por pensar,
tantas cosas que observar y se me esconden.
Tanta angustia que colecciono con un despojo autómata
y que aún así no me fuerza lo suficiente
para alejar las distracciones.
Estoy a punto de jugar mi mayor papel
Un personaje que por tanto he estado esperando
Y me sumo a la incertidumbre de saber
Si esta interpretación, sea de mí una versión
Que por tanto tiempo he esperado.

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Imagen, grabado “Mujer en la sala” por Ana Griselda Hine, 1983. 

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