Lo que no sabía de Rafael.

Me asomé a su habitación a preguntarle si ya estaba listo. Se ajustaba su corbatín azul mientras alguien más lustraba sus zapatos. Me quedé observándole por la hendija de la puerta en el más sospechoso de los silencios, disfrutando el nerviosismo que sudaba en cada oración que dejaba sin terminar; él sabía que era su elección, ese era el día, pero se aferraba a las circunstancias que para él trazaron y decidió ceder a la moral.

Toqué la puerta como quien va llegando, de reojo pude ver su sobresalto.
– ¿Quién es? – dijo con voz temblorosa.
– Soy yo Ricardo, vengo a despedirme.
– Pasá hombre, estoy afinando los últimos detalles – decía mientras intentaba sonar menos nervioso.

Entré contagiado de sus ansias y podría decir que mi piel morena se puso pálida para emparejarme con la suya. Él me miraba inocentemente, clamando ayuda, algo que le fuese útil para abandonar aquel momento al que se había condenado a sí mismo días atrás. Me tomó de los brazos y me abrazo con fiereza, casi como se aferra el feto a la vida que conoce en el vientre de su madre. Me sujetó llorando, cansado y sobre todo asustado. Me sorprendí a mi mismo al encontrarme allí, tosco, zafio, erguido como si fuese yo la representación fastuosa de la inercia; es cierto, aún no le había perdonado.

Él se separó de mí sintiendo con dolor mi fría respuesta. Me miró sollozando aún en búsqueda de alguna señal de empatía, era incapaz de descifrar lo que mi rostro le externaba con la aridez misma del desierto donde una vez coincidimos y me salvó la vida. No habían palabras que pudiesen romper aquel silencio impetuoso, hasta que de pronto, su hija Renata llegó corriendo a abrazarnos, a besar nuestras frentes con cruel dulzura, de esa que mata lentamente.

– Ya es hora – nos dijo mirándonos a ambos con una tranquilidad desconcertante.
– Cuídala, cuídala como a tu vida y no reflejes en ella lo que alguna vez fui – me dijo ya sin miedo y decidido a su rumbo.
– Lo haré sin duda porque así le juré a Raquel el día de nuestra despedida, cobarde.

Eran las catorce horas de un 10 de diciembre. Viajaba en el tren de siempre y una jarra con chocolates en mi regazo. Recuerdo que nevaba despavoridamente, no se veía nada por la ventana. Llevaba el leve retraso de trece minutos cuando sonó el teléfono.

– Rafael ha muerto – dijo la suave voz del otro lado; – El jurista te espera en su despacho, hay muchas cosas que arreglar.

Debía haberme quedado paralizado unos instantes, pues cuando me di cuenta estaba en la última estación, dos después de la que debía bajarme. Tomé mi abrigo y sacudía la nieve que aún cargaba; di dos pasos antes de encontrarme con él y decirle: “cinco días fue muy poco, lo tuyo no fue más que un suicidio”.

250.-EvaRubinstein4

Imagen por la fotógrafa polaca americana, Eva Rubinstein. 

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