El día en que volví a ser yo mismo

En el umbral de una plaza vacía, donde una única luz me hace compañía, lo observo todo cuanto me rodea, lo observo con una calma que mata, que alucina y duele, que me anuncia esas cosas que a veces olvido, en las tortuosas cadenas del propio engaño. Me siento a esperar a que llegue la última hora y muera la mediocridad; se ejecute la pobreza de acciones y se agoten las palabras, esas que sobran en mis frases sin sentido o en la redundancia de mis plegarias, huyéndole a la vida ciega, al carácter mismo y a la falsa obediencia.

Como quisiera poder hacer de esta plaza y su centro, el escaparate de mi ciencia, el lugar donde se me ejecute sin juicio previo, pues es sabido de años, desde los primeros pasos, que es solo una pena la que merezco, un castigo que supera lo divino, pues conmigo se equivocó el destino y se equivocó Dios mismo, por eso no le perdono sus pecados, hasta que no se me perdonen los míos.

Búscame opaco, búscame denso, despojado de mis ropas y mi coraje, búscame con la boca sucia y las manos rotas, búscame cuando ya no esté y no me avergüence de mi sombra. Que no me encuentre alguien mientras me escondo, que esta invisibilidad sea la insignia de mi suerte, que se me recompense allá donde no lloran los cobardes.

Y es que tal vez algún día de aquí me vaya, o simplemente me arrastren las hojas secas hacia el mar salvaje, quizás me lleven a donde yo soy mudo o me entreguen como sacrificio a los moralistas, que hagan de mi fe un festín bendito del que puedan comer sus hijos.

Ojalá que la vida te cuente todas esas cosas que no hacen mención de mi; fábulas ya se han escrito y de algunas he sido coautor y victima, mas ya cedí derechos a los protagonistas, a los que importan y se imponen, ante los que los mortales alzan su vista, envidiando su vida y sus conquistas.

Y si mañana me asesinan en la ciudad, no serán muchas mis pertenencias, no requiero un funeral. Me basta con que vayas a la esquina de mis memorias, le cuentes a algunos pocos que en verdad los quise y que amé los llantos y las risas; que les pidas perdón por mis caprichos y los abraces fuerte y de a poquitos, como lo aprendí a hacer a los veinticinco, pero que olvidé entre tanto circo. Y si me voy y me dan por muerto, cuéntales todos mis secretos, quisiera ser testigo de lejos de sus asombros y aciertos.

Si tan solo se apagara esta luz, dejando a oscuras esta plaza vacía, podría llorar sin vergüenza ni ira, después de tres días finalmente dormiría o simplemente escribiría esta letra escarlata, sin una firma escogida. Sí tan solo me llevaran para poder dejar de lado el abandono, sí tan solo pudiese palmar sus espaldas con decoro, sin hipocresía ni compromisos fugaces, les escribiría con galante admiración; pero como solo me queda este frío en verano y estas risas perdidas, zarpo el vuelo hacia donde se pueda ser alguien y no erguir mi nombre en vano.

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