La inexplicable angustia de saberse bien.

Con frecuencia me cuestiono
las implicancias de un secreto.
Tantos roles soslayados por la perspicacia,
casi anunciados con el victimismo
pacientes aguardando quien muerda el anzuelo.
Estoy a punto de jugar uno de mis más grandes papeles,
uno de los más estudiados
el despiadado,
el egoísta,
el noble
y el trapecista.
Todos han desfilado sonrientes
tal cual preludio a la falencia de los ojos de terceros,
de su paladar seco.
Y es que sí, les desprecio.
Les dedico pensamientos que luego repudio
y me someto a la expiación.
Que a veces creo que no hay peor castigo
que el conocerse demasiado,
o el conocerse muy poco,
pues ambas caras son traicioneras;
y se vacila banalmente con el arte del engaño.
¿Quiénes somos a fin de cuentas?
Con el tintero abierto y las hojas regadas,
me recuesto en el suelo,
en el frío de la noche y sus únicos momentos.
Me escucho esas voces y por instantes les aplaudo.
Enciendan las velas por mí.
De reojo veo como se me escapa el tiempo,
tanto por hacer y tanto por pensar,
tantas cosas que observar y se me esconden.
Tanta angustia que colecciono con un despojo autómata
y que aún así no me fuerza lo suficiente
para alejar las distracciones.
Estoy a punto de jugar mi mayor papel
Un personaje que por tanto he estado esperando
Y me sumo a la incertidumbre de saber
Si esta interpretación, sea de mí una versión
Que por tanto tiempo he esperado.

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Imagen, grabado “Mujer en la sala” por Ana Griselda Hine, 1983. 

El Camino (o el desdén de mí mismo)

Y es que me encuentro al lado del camino
le acompaño, como lo haría un buen amigo
no camino sobre él aún, solo le observo
con anhelo le cuento mis relatos
incluso aquellos que algún día serán suyos
pero que hoy se encierran en el anonimato.

A veces me siento a esperar la muchedumbre
se aprende de ellos y de uno mismo
en sus aciertos encuentro mis defectos
en sus errores yacen mis gazapos
como en aguacero de mayo
quedó todo el orgullo mojado.

¡Ay camino largo, camino sagaz!
Que me tienta con lo mismo que me hace temerle
me preocupa como en él,
se pueda ver el cielo nublado
los días en que el sol me tueste
y que mis pasos dejados sean los únicos aliados
¡Oh camino ancho y proceloso!
¿Será que algún día andaré en sus pastos?

Mientras me siento y le miro a ella
le susurro versos con mis ojos
de esos que solo se entienden a ciegas
porque incluso a veces
hasta las mentiras salvan presas.

Mientras me acuesto y le recuerdo a él
su dolor a flote oculto en astas
las banderas a las que le apostaba
con las que recubría su frío y hambre
aún cuando su propia vida quebrara.

¿Será que le tomo demasiado en serio?
¿Será suficiente mi arsenal de dudas?
Ya me he acostumbrado a que me menosprecien
no sería ajeno a las malacrianzas
me alejaría en silencio aunque lo niegue
camino absurdo lleno de trueques
¿Será que te quiero por lo que tienes o por lo que me debes?

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Imagen pintura por el artista fovista francés Auguste Chabaud.

De Repente

Y de repente
la luna cambió de lugar
la sal se acabo en los mares
el sentido dejó de reinar, se mutaron todas las aves
sus alas decidieron cortar
el viento dejó de ser libre
y su alma no supo brillar.

De repente nos volvimos civiles
haciendo de lo natural su regla
recibimos nuestros ojos tristes
y las cenizas del páramo a ciegas.
De repente se desconocían las batallas
amedrentaron sus crónicas y hazañas
se dejó de distinguir la valentía
y se fumaron las últimas canas.

De repente nos dejamos de tener,
de repente era tan solo un ‘yo’ sin ‘usted’
ya no quedaba a quien llamar amigo,
de repente sin temor nos despedimos.

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Imagen sin título por el fotógrafo y escritor español, Pere Formiguera. 

Indulgencias

Probaba el éxtasis de la tarde, el sol ardiente de un domingo exuberante. Las calles recubiertas de feligreses que caminaban enrumbados por su esperanza, por su sed de perdón propio. ¿Serán capaces de alcanzarlo? Arrodillados, doblegados por sus propios actos, esos de los que tanto disfrutan, pero de los que se atormentan la mañana siguiente. Yo seguía allí, observándoles y fumando mis ideas, intentando comprender a través de sus codos sucios y las lágrimas derrocadas, la paz que caracterizaba mi descaro, ese que adopté cuando dejé de temer.

A mi me encantan las tentaciones. Son como esos instantes fugaces en los que se nos permite cambiarle el rumbo al destino. Sin importar si se hace a ciegas; prefiero ser esclavo de la aleatoriedad que de estrechos trillos augurados, donde no cabe ya más la suerte sin absolución.

Tanto se me ha dicho que me calle y me guarde estas palabras para el día de mi muerte. Pero yo no soy extraño, soy parte de su raza. Uso pantalones todo el tiempo y hasta asisto a sus bodas. Les miro a los ojos para entenderles, comprenderlos como sé que les gusta.

En una vuelta de tuerca, todos se aproximan. Me miran con desdén y yo aquí escribiendo en mi banqueta. Me recubren con sus mantos y sus velos a la distancia; recuerdo los sueños que tuve en la siesta previa a aquella instancia: un joven de rostro desconocido se masturbaba y una mujer reía a sus espaldas, un niño me repetía su nombre, me lo gritaba. No lo pude recordar. Era lo único en lo que pensaba mientras les veía acercarse. ¿Era acaso esa una señal de mi pecado? ¿a qué vienen si no los llamo?

Me recubro la cabeza y me desvanezco. De nuevo estoy en ese lugar seguro en las colinas. Donde me recuesto al último árbol antes del abismo; le hablo y le reclamo. Le responsabilizo de sus actos y a veces hasta de los míos. Le saco en cara el tamaño de mis manos. Inhalo sus respuestas y en ellas descanso. Me duermo tan solo para despertar de nuevo y acumular otros tantos retazos.

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Imagen “Le Basier”, por el fotógrafo Joel-Peter Witkin (1982).

Lo que no sabía de Rafael.

Me asomé a su habitación a preguntarle si ya estaba listo. Se ajustaba su corbatín azul mientras alguien más lustraba sus zapatos. Me quedé observándole por la hendija de la puerta en el más sospechoso de los silencios, disfrutando el nerviosismo que sudaba en cada oración que dejaba sin terminar; él sabía que era su elección, ese era el día, pero se aferraba a las circunstancias que para él trazaron y decidió ceder a la moral.

Toqué la puerta como quien va llegando, de reojo pude ver su sobresalto.
– ¿Quién es? – dijo con voz temblorosa.
– Soy yo Ricardo, vengo a despedirme.
– Pasá hombre, estoy afinando los últimos detalles – decía mientras intentaba sonar menos nervioso.

Entré contagiado de sus ansias y podría decir que mi piel morena se puso pálida para emparejarme con la suya. Él me miraba inocentemente, clamando ayuda, algo que le fuese útil para abandonar aquel momento al que se había condenado a sí mismo días atrás. Me tomó de los brazos y me abrazo con fiereza, casi como se aferra el feto a la vida que conoce en el vientre de su madre. Me sujetó llorando, cansado y sobre todo asustado. Me sorprendí a mi mismo al encontrarme allí, tosco, zafio, erguido como si fuese yo la representación fastuosa de la inercia; es cierto, aún no le había perdonado.

Él se separó de mí sintiendo con dolor mi fría respuesta. Me miró sollozando aún en búsqueda de alguna señal de empatía, era incapaz de descifrar lo que mi rostro le externaba con la aridez misma del desierto donde una vez coincidimos y me salvó la vida. No habían palabras que pudiesen romper aquel silencio impetuoso, hasta que de pronto, su hija Renata llegó corriendo a abrazarnos, a besar nuestras frentes con cruel dulzura, de esa que mata lentamente.

– Ya es hora – nos dijo mirándonos a ambos con una tranquilidad desconcertante.
– Cuídala, cuídala como a tu vida y no reflejes en ella lo que alguna vez fui – me dijo ya sin miedo y decidido a su rumbo.
– Lo haré sin duda porque así le juré a Raquel el día de nuestra despedida, cobarde.

Eran las catorce horas de un 10 de diciembre. Viajaba en el tren de siempre y una jarra con chocolates en mi regazo. Recuerdo que nevaba despavoridamente, no se veía nada por la ventana. Llevaba el leve retraso de trece minutos cuando sonó el teléfono.

– Rafael ha muerto – dijo la suave voz del otro lado; – El jurista te espera en su despacho, hay muchas cosas que arreglar.

Debía haberme quedado paralizado unos instantes, pues cuando me di cuenta estaba en la última estación, dos después de la que debía bajarme. Tomé mi abrigo y sacudía la nieve que aún cargaba; di dos pasos antes de encontrarme con él y decirle: “cinco días fue muy poco, lo tuyo no fue más que un suicidio”.

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Imagen por la fotógrafa polaca americana, Eva Rubinstein. 

El día en que volví a ser yo mismo

En el umbral de una plaza vacía, donde una única luz me hace compañía, lo observo todo cuanto me rodea, lo observo con una calma que mata, que alucina y duele, que me anuncia esas cosas que a veces olvido, en las tortuosas cadenas del propio engaño. Me siento a esperar a que llegue la última hora y muera la mediocridad; se ejecute la pobreza de acciones y se agoten las palabras, esas que sobran en mis frases sin sentido o en la redundancia de mis plegarias, huyéndole a la vida ciega, al carácter mismo y a la falsa obediencia.

Como quisiera poder hacer de esta plaza y su centro, el escaparate de mi ciencia, el lugar donde se me ejecute sin juicio previo, pues es sabido de años, desde los primeros pasos, que es solo una pena la que merezco, un castigo que supera lo divino, pues conmigo se equivocó el destino y se equivocó Dios mismo, por eso no le perdono sus pecados, hasta que no se me perdonen los míos.

Búscame opaco, búscame denso, despojado de mis ropas y mi coraje, búscame con la boca sucia y las manos rotas, búscame cuando ya no esté y no me avergüence de mi sombra. Que no me encuentre alguien mientras me escondo, que esta invisibilidad sea la insignia de mi suerte, que se me recompense allá donde no lloran los cobardes.

Y es que tal vez algún día de aquí me vaya, o simplemente me arrastren las hojas secas hacia el mar salvaje, quizás me lleven a donde yo soy mudo o me entreguen como sacrificio a los moralistas, que hagan de mi fe un festín bendito del que puedan comer sus hijos.

Ojalá que la vida te cuente todas esas cosas que no hacen mención de mi; fábulas ya se han escrito y de algunas he sido coautor y victima, mas ya cedí derechos a los protagonistas, a los que importan y se imponen, ante los que los mortales alzan su vista, envidiando su vida y sus conquistas.

Y si mañana me asesinan en la ciudad, no serán muchas mis pertenencias, no requiero un funeral. Me basta con que vayas a la esquina de mis memorias, le cuentes a algunos pocos que en verdad los quise y que amé los llantos y las risas; que les pidas perdón por mis caprichos y los abraces fuerte y de a poquitos, como lo aprendí a hacer a los veinticinco, pero que olvidé entre tanto circo. Y si me voy y me dan por muerto, cuéntales todos mis secretos, quisiera ser testigo de lejos de sus asombros y aciertos.

Si tan solo se apagara esta luz, dejando a oscuras esta plaza vacía, podría llorar sin vergüenza ni ira, después de tres días finalmente dormiría o simplemente escribiría esta letra escarlata, sin una firma escogida. Sí tan solo me llevaran para poder dejar de lado el abandono, sí tan solo pudiese palmar sus espaldas con decoro, sin hipocresía ni compromisos fugaces, les escribiría con galante admiración; pero como solo me queda este frío en verano y estas risas perdidas, zarpo el vuelo hacia donde se pueda ser alguien y no erguir mi nombre en vano.