Las Horas

Hubo unos días, un tanto empolvados por los años,
un tanto rebuscados entre la ausencia de anécdotas comunes
las rodillas raspadas y el ego marchito,
los gritos de hombres y los golpes con nombres
yo me senté a verles en el recreo cautivo.

Desde las banquetas, en la arena, en mi imaginación
en tantos lugares donde sentado anhelaba un poco de su coraje,
la redención de mi terquedad, el río a cuestas
con la hierba de lado pidiéndole favores
unos más complejos que el solo hecho de hacerme volar.

Recuerdo de niño ese deseo, esa pretensión de extraordinariedad
quería sus ojos en mis logros, y que fueran ante ellos enajenantes;
me quise de tantas formas, que se me olvidó amar lo que tengo,
me senté de nuevo a esperar que la luna cambiara su lugar.

Hubo unas noches, en las que la amnesia se volvió aliada, lo admito
las conversaciones que tuve y que preferí olvidar,
las palabras ciegas que me traicionaron,
todos aquellos números sin sentido que dibujé en mi espalda,
las pastillas que tomé para fingir mi muerte,
todo lo que alguna vez hice, que no me llevó más que a lo hondo de mi mismo.

Y qué si nutro la sangre con mis miedos,
si a fin de cuentas son los únicos que han decidido quedarse;
me dejan ignorar los moretones, las marcas de sol y la basura que trajo el viento
logro mover otra vez mis dedos y fingir tocar el piano que nunca supe cómo
escribir en mi mente melodías, robándoles sentido y lógica
deseando decir lo que no me preguntaban, alardeando de lo inexistido.

Me muevo a veces floto, les miro a ellas a los ojos, amo besarlas
amo su olor y su esencia, amo más lo que emanan que lo que las amo a ellas;
odio la franqueza con la que me lanzó al ruedo y me impugnan mis amenazas
ruego al día que no se acabe la noche y luego invierto sus roles
quedo de nuevo tirado en mi cama, viendo nada más que mi sombra en el techo
me duermo para despistar al dolor de cabeza, despierto y recuerdo todo de nuevo.

Sé que no estoy preparado para su mundo
y puede que ustedes no estén preparados para asomarse al nuestro
ya no me quejo ni deseo ser vecino de sus paradójicas coherencias
tampoco me escondo porque ya no tiene sentido, visto mi ropa, visto mi deseo
me recubro con sábanas viejas los domingos y borré de mi lista los eneros
guardo en mi bolsillo el reloj que me obsequió mi madre, estudio las horas y su arte
guardo cautela de lo que observo, veo como a mi vida la arrastra la corriente del tiempo.

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