Carta a un desconocido

Fue en un café, cerca de las tres. Recuerdo que llegaste con algo de retraso, sin embargo por primera vez, no me molestó. Yo venía llegando de un largo recorrido, crucé fronteras físicas y mentales que jamás imaginé; estaba herido y se puede decir que algo confundido y sin tener más nada que perder, aposté todo a lo nuestro, puse todas mis monedas y mis ganas, sentí de una forma casi instantánea que sería el comienzo perfecto, un escudo al pasado, un puente a nuevos días y nuevos significados, el clavo que sacaría otro clavo.

Llegué a conocer tu historia, al menos tu versión de ella; te llegué a mostrar fragmentos de la mía, con la censura típica que me hace colocar la desconfianza, unas cuantas barricadas que estaba dispuesto a remover con el tiempo; te juro que sentí que podía. Pero como dicen algunos, nunca se termina de conocer a las personas y tal vez pequé de iluso al creerte un cuerpo cercano, una mente abierta y sincera, admito que quizás me esperancé demasiado.

A todos les llega su invierno y cuando empezaron los fríos del nuestro, creí que lo peor era pensarte más de lo correcto, hacerte un objeto de estudio y conjunción entre contextos e ideas que no conocía; probablemente tan solo deseaba encontrar esa comprensión de la que carecía. Vi tus caras, vi más de las que te creía y algunas me dejaron en suspenso y anulaban los juicios que te favorecían. Ahora que te veo de lejos, tendido en la hierba, al atardecer, llorando, llorándote tu propia insurrección y rabia, no puedo percibir inocencia, solo queda la sombra de tu propia compasión y tu lástima. ¡Dios cuánto detesto la lástima! La que siento y te sientes, la que creas a partir de esos burdos escenarios, los personajes que encarnas sin razón, la necesidad de ser otros y jamás vos mismo. Maldita sea esa lástima que te tenés, maldita sean tus cadenas que hoy te apartan y recluyen, maldito sea este arrepentimiento que siento al tenerte cerca, pero a la vez tan lejos.

Escuché tus burlas, me desconcertaron los reclamos, me rendí el tercer jueves que no obtuve respuesta y rechazaste mis abrazos. Me preocupé por los gestos desubicados y las miradas perdidas, la incomodidad con la que usabas tus diferencias, tu renuencia a la luz propia y a la de otros, tu necesidad de sucumbir ante el rol de la viuda sufrida. Vi grises, tus ojos opacos, vi renuncia y resignación, volví mi rostro hacia mi vida, sin ninguna despedida; después de todo ya no eras a quien yo conocía. Puede que tal vez nunca lo fueras, puede que aun siga viendo corderos en las cajas, puede ser que yo aún no haya envejecido, puede ser que tan solo quiera y anhele desde el alma, que a partir de hoy, solo seas algún desconocido.

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