Cartas a Emilia

Emilia solía recibir estas cartas cada miércoles a primera hora. A pesar de que estaba plenamente consciente que no era ella el destinatario de aquellas letras, a pesar de tener en cada sobre la dirección del remitente, a pesar de nunca contestar una sola de ellas, continuaba recibiéndolas sin dar aviso alguno del error. Al principio le pareció un fisgoneo inocente, pero conforme avanzaba en las historias de aquella persona, sentía que ya la conocía, incluso un día –este día– sintió como si fuese ella misma. -Prólogo-

  

Benítez, 5 de Mayo

Hoy fue uno de esos días en los que me siento frustrada. Los informes no deben ser lo mío, pero ya sabes, hay que pagar las cuentas. No importa cuanto me esfuerce, cuanto intente velar porque cada detalle cumpla sus deseos, siempre termino siendo un cero a la izquierda. Y es que justo cuando me siento más útil, me siento incluso grande ¿sabes?, todo se me viene abajo de un tirón, casi como diciéndome ‘no seas estúpida, aquí no sos nadie y yo seré siempre más que vos’. Aún cuando me hable dulcemente y pretenda ser el maestro que todo alumno deséese, escucho con su voz esas palabras y toda mi ilusión queda en nada.

Por la mañana venía en el autobús de las siete. Sí, una hora más temprano para evitar el tráfico de San Juan y Dobles; como siempre el bus atiborrado de gente, todos con prisa y rostros de estrés. Yo intentaba distraerme leyendo “En el Camino” por Kerouac, -sí por quinta vez- pues me hacía recordarme que la única gente que me interesa a fin de cuentas, es la gente que está loca. Veo en la locura tanta libertad, tanta que me hace envidiarles por la que a mi me falta. Justo en la vuelta de la página sesenta y siete sonó mi teléfono y sí, adivinas, era él. Necesitaba con urgencia las cartas de la embajada para la beca de su hijo y yo aún estaba a unos treinta minutos del edificio y el tráfico no avanzaba. A como pude me bajé dos paradas antes, sabía que sería más rápido si corría y me adentraba por la avenida nueve. De camino era imposible no escuchar mis reclamos ‘ese no es tu trabajo’, ‘no gastaste cinco años de tu vida en estudios caros para convertirte en su mandadera’, pero simplemente no tenía el valor para enfrentarlo. No sé si se debía a realmente una relación intimidante, o si simplemente me cohibía su aspecto paternal, lo único claro es que segundos más tarde reconocería que odiaba mi vida.

En medio del trajín, de los miles de papeles entre mis brazos, la bolsa incómoda que me regaló mi madre y el pesado suéter negro de Casimir inglés que él una vez me compró, olvidé por completo mi libro en el autobús. Allí en el asiento donde de seguro sería visto como estorbo para muchos y lo más probable desechado por todos, había quedado uno de mis pocos tesoros preciados. Aún con su cubierta rota, frases escritas con mala letra y la dedicatoria que me dejó Roberto, era para mi de tanto valor, que sentí como si hubiese perdido un brazo. Sentí tanta rabia con él, conmigo, con todos. Me tiré en una banqueta y lloré, ya no sabía si por el libro, su simbolismo o por el compendio de infortunios que mi vida representaba en ese momento. Sin embargo, no tenía nada más que hacer que levantarme y seguir caminando, pensando en que había llegado en ese momento de la vida a mis treinta y tantos, donde solo intento sobrevivir sin euforias o arrebatos, acorralada por rutinas y artefactos, la más fiel de las autómatas, olvidándome por completo mis encierros en la habitación 101.

Al final llegué a tiempo, entregué sus cartas y tan siquiera pude ir por un café. Me dolía la cabeza, pero era día de cierre. Todos los informes debían quedar listos antes de las seis. Comencé mi faena con los audífonos puestos como era usual, solo que esta vez no tuve las ganas de reproducir la música, pero era el escudo necesario para alejar de mi las conversas. A los lejos escuché mi nombre, pero estaba ya tan marchito mi espíritu, que lo decidí ignorar, no estaba de ánimos. Pronto me di cuenta que no me llamaban, sino que hablaban de mí. Puse atención disimuladamente.

Cuanto hubiese deseado que estuvieses cerca para abrazarte y que me abrazaras, no puedo incluso escribir las cosas que escuché, era como si esas voces en mi cabeza tomaran forma, se inventaran a sí mismas y se volvieran humanas. Los miedos y temores, las cosas que me prometí no ser cuando alcancé el tercer año en la facultad, todo se hizo realidad.

Te confieso que lloré. Lloré mucho, a solas por supuesto, me importaba tan poco lo que otros pensaban sobre mí, pero al saber que me veían tal cual me veía yo, me estremeció hasta los huesos, me heló la piel y mi boca quedó muda, silenciada por terror. Llegué a la casa tipo nueve, tomé un baño rápido y vine a escribirte antes de se me escapen los sentimientos por acostumbrarme a ellos. Ahora me dirijo a dormir que mañana apenas es martes. Con lo que nos gustaba dormir ¿te acordás? Ahora lo hago como por inercia, como si fuera la morfina que necesito para no atentar conmigo misma. Bueno, creo que lo haría solo si me dejaran escoger mi reencarnación, sería una paloma, una bestia de la tierra o una guerrera de mente fría. Por ahora solo me queda prepararme para mañana, ese mañana que ya no es tan futuro, ya no es tan incierto. Ya tan solo es el cliché de lo que un iluso esperaría. Espero que para ti sea algo más que rutinas. Hasta la próxima carta. Abrazos y besos.

K.

Ese día Emilia decidió ir a darse una vuelta por la cuadra de San Juan y Dobles, le habían recomendado una buena cafetería por allí. Pensaba en que quizás compraría un libro o que probablemente se atreviera de nuevo a tomar sus acuarelas y pintar a la gente. Sobre todo porque esa tarde en particular, había un cúmulo importante de personas rodeando el bulevar. Se acercó para memorizar detalles, colores y formas de su próximo cuadro pintoresco. Todos veían hacia el suelo. Admiraban con lástima e impresión una mujer tirada en él. Rodeada de papeles y con pose de derrota, se desangraba con una herida mortal en su sien. Los ojos abiertos como esperando que alguien le llegase a socorrer. Emilia se acercó un poco más para intentar ayudar, mas su cuerpo se congeló, en tiempo y en espacio. Aquella hermosa víctima de algunos treinta y tantos, llevaba en sus hombros, un pesado suéter negro, de casimir inglés. -Epílogo-

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Imagen “Girl Before a Mirror” por Pablo Picasso, 1932. 

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