Aquel Viejo Pueblo En El Que No Te Vi Crecer

Recién pasaba la guerra, todo se veía tan tétrico al punto de escuchar tonadas de espanto en los callejones. Polvo, escombros, nada se mantenía de pie, nada excepto tu inocencia. Admirabas cada espacio, cada vida tomada y te atrevías a jugar entre llantos adultos y preocupaciones disfrazadas de regaños. Las gallinas corrían sin una dirección, los vientos cesaron y solo estabas vos ahí, con tu inocencia curiosa, preguntándote tantos por qué. Mirabas cada luna perdida entre tanto odio, dominación contra dominados, destrucción en medio de una falsa cordura. Te escudaste y creciste para ser voz, para ser mente.

Creciste para volver al pueblo y sangrar por lo justos, a desvelarte para plasmar políticas con aires de poesía. Volviste con pasión y en los ojos aún cargabas inocencia, cargabas aquel que no habías dejado de ser, a pesar de haber sido víctima de tu propio contexto, víctima de los vestigios con los que te vistieron y de los que nunca pudiste despojarte. Lúcido, etéreo, temporal. Tres décadas, la memoria de tu abuelo y su sombrero, seguían meciéndose en aquella vieja mecedora, la pensión de doña Marta, el perturbador sonido del peligro, la alerta. Recién pasaba la guerra, recién pasaba la procesión de ideas, mas tu seguías allí, inocente y pecador, mirando la quimera de rosas, simbolismo hespérido, útero de tus vicisitudes, esclavo de la historia y del error.

Pablo_Picasso_Jacqueline_with_Flowers_Roses

Imagen “Jacqueline with roses” por Pablo Picasso, 1956. 

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