Resurrectio

Tócame, tócala. El tiempo se dispersa entre estos encuentros y se enfrían mis ganas, hazme sentir que estoy vivo aún cuando me haya dejado manipular, besa despacito mis mentiras y conviértelas en mi verdad.  No quiero llorar. No quiero sentir que agoté mis amaneceres, buscando los lienzos para pintarte atardeceres, me obsesioné tanto con el final que nunca supe siquiera como comenzar; mientras tanto tú, terminaste tu novela, las clases de ballet, te obsesionaste con de Saussure y aprendiste a volar.

Tócame, tócala, siéntete. Dos notas me faltaron para interpretar a Fidelio, el mismo día que me viniste a visitar y a preguntar ‘¿cómo estás?’; trajiste algo para desayunar y unas tremendas ganas ser mi presa y mi confidente. Quisiste protagonizar mis sutilezas con la magia sincera que brillaba en tu nalga izquierda, quisiste comprender mis días, quisiste ser parte de lo que yo escondía. Me quisiste a mi que fue lo más desconcertante, me amaste aún sabiendo que soy muerte. 

Y es que el amor suicida a alguna de las partes, te solía advertir. No es un camino de rosas, es más bien una pintura de Dalí, es mi sueño más perverso, son los quebrantos de mis huesos. El amor no es más que tu nostalgia copulando mis fracasos, tu amor no era más que tu propia vida siéndome entregada sin permiso, era tu historia yaciendo entre mis brazos. Tu amor era tu firma de aceptación, era la más sincera de las voces, la más incoherente de tus hazañas. Fuiste intrépida y audaz para entregarlo, fuiste reina de batallas en desiertos de monarcas, derrotando al ejército de mis orgullos.

Mi negación forcejeaba con los impulsos de mi espina dorsal, todo mi cuerpo te deseaba, pero no te dejé entrar. Te deje morir de hambre y de sed, afuera de mi casa, por fuera de mi alma sin siquiera mirar. Cubrí las ventanas con sábanas blancas, podía oler tu aroma aún en el desván. Te dije ‘no’ más de mil veces pero nunca te quisiste marchar. Sabías que te amaba, sabías que eras mi última llamarada de vida y te decidiste apagar. Sabías que me odiaba y sin cariño propio no se puede amar. Sabías que pronto partiría, lo sabías todo y aún así te quisiste quedar.

Tócame, tócala, siéntete, vuelve a latir. Recién esculpí mis disculpas, he terminado por fin mis excusas, he perdonado, he visto, he caminado y me he caído. Ordena a tu mano apretar la mía, dime que aún no es demasiado tarde. Corta mis hilos con tu boca, libérame de los amos y enséñame por fin lo que tanto deseabas, siente mi libertad. No te seques, que se evaporen tus últimas lágrimas, le pido a los cielos y si es necesario a los infiernos, pero dame otra oportunidad. Seamos rebeldes, seremos la fuerza del “yo” en la hierba de Whitman. Seremos todo lo que no fui y lo que tu siempre fuiste. Seré la vida que te robé al mostrarte mi muerte. Tócame, siéntete. Vuelve a la vida, que por tu inmenso amor, finalmente renuncié a mi mente. 

Bonifacio_oido

 

Imagen: “Acércate al Oído y Te Diré Quién Eres” por Bonifacio Alfonso (1990). 

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