De Pseudo Candidatos y Miopes: Una realidad sin pertenencia

No estoy muy avanzado en años y tampoco soy historiador,  algo he leído de la historia política de mi país y mucho he admirado el accionar de su pueblo, más que el de sus gobernantes, aún cuando unos cuantos me han llegado –en el sentido más romántico– a impresionar. La evolución histórico-política de Costa Rica, la eximió de ese común denominador que caracterizó al resto de países centroamericanos, algo pregonaba que ese ahorro en sangre significaría un avance, un progreso social, económico, político y hasta cultural; pero jamás que derivaría en la inconsciencia colectiva que hoy tanto lamento.

Inundados de una farsa política que más bien peca de ridícula y un marketing de escaso (por no decir nulo) intelecto, así hemos nadado a duras penas los costarricenses desde haces varias décadas ya, sujetándonos del fútbol, el ‘pura vida’, las misas del domingo y las birras con chifrijo, como las únicas balsas que nos mantienen a flote en este mierdero. Lo peor quizás sea el percibir que existe noción de tal letargo, pero el estado de confort momentáneo se ha convertido en nuestro cáncer principal y nos ha desahuciado a padecer de virulentos pseudo candidatos: marionetas de la élite que los crea, tóxicos para el resto de la nación.

Mientras tanto, el resto de mortales seguimos sucumbiendo ante un sistema educativo mediocre por ejemplo, que posiciona sus metas exclusivamente en el mefítico anhelo de hacer dinero, nada más. Se les grita comunistas a los que señalan un mal proceder, aún si saber lo que eso significa, se nos enseña que Carmen Lyra solo escribía cuentos; se descalifica a quien critica, se adora la miopía que nos muestra solo lo superficial, lo que no requiere mayor esfuerzo, pero si mayor comodidad. Nos hemos llenado de oportunistas profesionales de oficio, labriegos sencillos no de la tierra, pero de la ignorancia más pura y vil, pensantes de ocasión por escogencia o convicción.

Sí, escribo estas ideas en primera persona del plural, en efecto porque me incluyo, quizás no carezca de la moral suficiente para exiliarme de esta realidad a la que muchos creen no pertenecer, ya sea por un conveniente sosiego o la más pendeja resignación. He desistido el demandarle a otros lo que yo carezco y quizás sea por eso que he encontrado allí mi propia solución. No propongo la hoguera a los deshonestos, a sabiendas de que yo también he pecado, pero ¿qué tan dispuestos estamos a abandonar nuestros hábitos, la incultura y la terquedad?

A las puertas de una nueva campaña electoral, cargada de cinismos, politiqueros déspotas y una descarada burla hacia al pueblo, es tiempo de darle vuelta a la ruleta del poder y dejar de depender de un único capitán que nos dicte un rumbo, empoderarnos de un cambio autóctono, propio, admitiendo que tenemos también vela en el entierro de esta muerte anunciada, tomando las riendas que nos corresponden. Exijamos canastos llenos con res non verba sin olvidarnos nunca de nuestro propio accionar.

RCM

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