Eutanasia

– Y si le tuvieras en frente, ¿qué le dirías?

– Creo que no le hablaría, prefiero desnudar su cuerpo con mis labios sin que se de cuenta. Voltear el mundo de cabeza solo en mi imaginación.

Y entonces fue cuando la cuarta campanada marcó la pauta, era la hora de partir. La dama de blanco entró sigilosa, le secó de la frente su sudor. No había más que hacer en ese lugar, la ansiedad le carcomía y se derrochaba en esa habitación algunas gotas de rebeldía, pero aún así el silencio reinó.

– Sos ágil con las estimaciones ¿sabías?. El sol apenas se está empezando a asomar y eso que es invierno. ¿Cómo sabías que iba a salir más temprano hoy?

– Hace mucho que me dedico solo a observar y este estado de relajación muscular me ha permitido percatarme incluso de los movimientos de rotación y traslación.

– ¿De la Tierra?

– No, de mi mismo. Y vos, ¿alrededor de que girás?

No se escuchaban respiraciones más fuertes que las de esa madrugada. El silencio era tan imponente que se podían escuchar hasta las pisadas de las arañas y los ronquidos de las moscas. Se miraban fijamente mientras la dama de blanco terminaba de preparar su acto, la función estaba por comenzar. El sol fisgoneaba tímidamente la masacre de mentiras que no se decían, las miradas se inundaban de sinceridad.

– ¿Lograste amarla?

– Quizás más de lo que planeé, pero menos de lo que debía. ¿Lograste amarla?

–  No más de lo que me permitiste, pero menos de lo quise.

– ¿Me odias?

– No.

– ¿Me amas?

– Sí.

Un cristal roto quebrantó su paz. El momento había llegado y las horas comenzaban a presionar. La dama de blanco se acercó y tomó su mano izquierda, estaba pálida y fría como la nieve, pero su pulso era más fuerte que el retumbo de las tormentas de Agosto. Sintió su dolor como en su propia carne. Se estremeció.

– ¿Volverás?

– En diciembre.

En ese momento las palabras le pertenecieron a un tercero, el anciano de negro, con la soberbia misma que le daban sus vestiduras oscuras, la verdad condicionada de su profesión. Se acercó para derrochar miradas de placer ajeno, sabía muy bien lo que vendría. La sala se enfrió. Sabían que era la últimas vez que se verían, que no volverían a rasgar sus espaldas por la furia misma de su estupidez. Todo terminó.

Yo que fui testigo de su autocondena, no logré comprenderlo hasta que lo viví en mis propias venas. La muerte tiene tantas formas, que nos atamos a ella en las más ilusas condiciones; muchos ya estamos muertos y nos creemos vivos, muchos estamos vivos deseando morir y otros nos matamos por querer vivir. El reloj de pared marcó las 4:42, el deceso fue innato y el deseo el perdedor. Retomé mi camino sincronizando identidades, perdiéndome para encontrarme, antes de convertirme en el juez de mi propia condena, tal y como sucedió con esos dos.

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