La Ciudad de los Azules

Los tejados de Rajastán pudieron capturar una fábula misteriosa, dos amantes eran los protagonistas, él un aprendiz viajero, ella una veterana de los cuentos de la noche.

Cada 100 años una nebulosa ancestral se paraba a descansar sobre la Ciudad de los Azules, pero su reposo no pasaba en vano, pues su traviesa voluntad le hacía buscar dos almas que atar, un cordón azul sujetaba fuerte el corazón de dos mortales que estuviesen dispuestos a amar.

Esa noche llegó, la nebulosa puntual, se colocó en su balcón en el cielo y se sentó a esperar. Un joven despistado transitaba por la ciudad, mientras huía de sus antepasados que lo condenaban a ser el gobernador de sus herencias y de una fría sociedad. No tenía con que pagar donde dormir, por lo que en uno de los místicos tejados encontró el refugio perfecto para en brazos de Morfeo dejarse partir. Pero no fue así, su descanso fue interrumpido por una mujer de paso fuerte, bella como los vestigios de un río en el desierto, imponente como huracán que se acecha con los vientos del oriente.

El cordón azul en sus adentros se situó, atado muy fuertemente con los puños de Neptuno y la voluntad de Plutón. Su pasión era una llama que ardía y a su paso incendiaba los atardeceres de aquel cielo, haciendo que la noche se tardara en llegar. Quienes su amor atestiguaban se empezaban a molestar, pues tanto era lo que su relación derrochaba, que el color de la ciudad a un rojo carmesí empezaba a cambiar. “El azul nos da dinero” decían algunos, “el azul es de los dioses” decían los otros y al final hasta se escuchó murmurar “¡me dirán comunista, que barbaridad!”.

Pronto no sobró quien los persiguiera y amedrentara, su amor no lograban entender y mucho menos respetar, no cumplían los estándares que en la corte de los absurdos se solían redactar. Una pasión latente, un amor alegre y una complementariedad de espíritus que nadie supo tolerar, pronto antes del amanecer del tercer día del mes de Noviembre, esta historia encontró su triste final.

Cuando pensaban los aldeanos que su azul empezarían a recobrar, la ciudad entera se tornó de un color purpura tintado que reflejaba indignación y escasa bondad. Era el castigo de la nebulosa que sobre las cuadradas mentes quiso derramar, la sangre de dos corazones valientes se mezcló con el azul de la soberbia, de la descomprensión y el arte de juzgar. La nebulosa huyó y se juro a sí misma no tardar tantos años en parar a descansar, ni tampoco escoger siempre la misma ciudad.

Se propuso a sí misma en sus adentros el universo entero transitar para buscar valerosos andantes para una revolución conquistar, aquella que ni el más triste final pueda dominar.

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